LOS MALOS TIEMPOS
La
expropiación de tierras y fábricas, efectuadas por el gobierno del Frente Popular deterioraron
drásticamente la actividad agrícola y fabril, y comenzaron a aparecer sus irremediables
efectos sobre las tiendas del pueblo. Se comenzaron, poco a poco, a agotar los
víveres de los almacenes. Ya no quedaban clavos en la única ferretería, para
remedar las rendijas de las casas de madera o enderezar las banquetas de la
plaza. En la botica sólo quedaban en sus
escaparates algunos ungüentos para hacer cataplasmas y unos frascos con
formalina, que nadie compraba. Una mañana de abril el único dentista del pueblo partió con su familia cuando constató que ya no tenía
cloroformo y algodón para anestesiar mandíbulas. El despacho del Alcaide no
pudo ser salvado, y se incendió completamente porque las pipas de agua sólo
contenían en su interior cucarachas atraídas por una remota humedad. En ese
páramo la esperanza era un higo seco y hasta el amor se había agotado.
Ese viernes el pueblo despertó con el sopor de la desolación. Juan Mosquera, abrió las puertas del salón de billar empujado más por la inercia de la costumbre que por la esperanza que entre algún parroquiano. Hasta que a eso de las 10 de la mañana, se bajó del único tren que pasaba a dejar y buscar pasajeros dos veces por semana, una mujer esbelta, pelirroja, con dos maletas de cuero color café y manillas de marfil. Tenía un rostro delicado como los jarritos de porcelana con que el cura párroco vertía agua bendita en los bautizos. Sus manos estaban enguantadas, pero se podían ver las líneas bien definidas de unas manos hechas para la costura o la orfebrería. El color y tersura de su piel inspiraban una sagrado respeto y exhalaba un olor semejante al que emiten las flores de lavanda en primavera. Ese día todo comenzó nuevamente como cuando el pueblo celebraba el aniversario a los sones de la banda municipal en el quiosco de la plaza y se adornaban todas las casas con luces y guirnaldas y se lanzaban cohetes y se reventaban petardos hasta el amanecer.
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