EL MITO DE LA INSPIRACIÓN POÉTICA
Bécquer, que tal vez representa el paradigma popular del poeta apasionado, confesó:
“Cuando siento, no escribo”
Sócrates
preguntaba a los poetas qué querían decir en sus poemas y éstos no eran capaces
de dar cuenta contundente del fenómeno creativo. Sócrates andaba en busca de la
verdad. Por eso interrogaba. Quería penetrar la esencia de las cosas. Los
poetas sólo creaban.
Tal
vez desde el mundo antiguo viene la creencia y el prejuicio de que la creación
artística, y en particular la creación poética, mana de una suerte de
inspiración divina sobre la cual el poeta no tiene control. Se presume que la
inspiración es un estado del alma o de la naturaleza en la cual una varita
mágica toca a los poetas para que estos exuden sus creaciones. No sin empacho,
Vicente Huidobro en su famosa Arte Poética dice que el “poeta es un pequeño Dios”, verso que le trajo más de un dolor de
cabeza ante la crítica y la jerarquía eclesiástica de su tiempo.
De
este gran prejuicio, es que muchos falsos o mediocres poetas, creen que llevar
una vida licenciosa, aventurera es condición necesaria para que surja la
poesía. Se asocia la creación y la inspiración a la emoción, la pasión y
acumulación de una suerte de desventuras para después vaciar todo ese material
vivencial en un registro escritural “poético”.
Sin
duda hay casos excepcionalmente notables, que a pesar de su vida desordenada o
marginal, han alzado una obra poética o literaria de valor. Estoy pensando en
Charles Bukowski y Allen Ginsberg (y todo el grupo de poetas Beats) en el caso
de la poesía; y en Henry Miller en la narrativa. Sobre todo Bukoswki escribía
con las vísceras y casi toda su poesía es autobiográfica. De su marginalidad
hizo poesía, que a veces pongo en duda y otras veces la aplaudo. En el caso
chileno, quien refleja y representa esta escritura vivencial, emocional es el
poeta Rodrigo Lira.
También
los poetas simbolistas y Charles Baudelaire consumieron ashis, para buscar
fuentes de inspiración. Era una forma de ir al subconsciente a buscar
revelaciones ocultas o divinas.
Los
Dadaístas por otra parte, en el
periodo entre ambas Guerras Mundiales desarrollaron una corriente creativa que
negaba la razón como fuente de inspiración. De ahí que experimentaban provocándose
estados catárticos y oníricos para sumergirse en el subconsciente. Ellos fueron
los que practicaron la escritura automática. La tesis doctrinaria de este
movimiento, era que si lo que dictaba el subconsciente pasaba por el cedazo de
la razón, ya no era un arte puro ni genuino. De ahí sus métodos y prácticas
creativas.
De
los dadaístas, surgen los Surrealistas que van en la misma dirección,
movimiento que surge en Francia alrededor de 1920, siendo el poeta francés
André Breton su fundador, líder y máximo exponente.
Estos
son, más o menos, los antecedentes históricos que acuñan la “inspiración
espontánea”, como el origen de toda creación artística.
Sin
duda en la búsqueda del fenómeno creativo, estos fueron experimentos válidos,
pero no concluyentes, al respecto.
Actualmente
hay claridad de que el acto de creación artística es un experimento con el
material en cuestión: la palabra, y por ende, es un acto consciente y deliberado. Donde más
claridad hay al respecto es el caso de los escultores y de los artistas
plásticos. También podríamos agregar la pintura, exceptuando la pintura
abstracta que sigue teniendo como base de la creación lo que dista la
emocionalidad medianamente controlada del pintor, lo que también es caldo de
cultivo de muchos “seudos artistas”, que tratan de fundar una estética en la
experimentación por la experimentación, como si la creación artística fuera un
asunto de prueba y error. Así es como de vez en cuando en algunos magazines
importantes, curadores sin criterio, apadrinan jovencitas y jovencitos que
tiran rallas sin sentido sobre el lienzo y pasan a ser parte de la siutiquería
aristocrática que compra pinturas para adornar sus casas, donde a veces puede
convivir una reproducción de Cezzane o Magritte, al lado de un cuadro kitsh de
seudos vanguardistas.
En
el caso de la poesía, que es el que más me interesa, el material a intervenir
es el lenguaje. El poeta, esencialmente es un demiurgo del lenguaje y tiene una
intencionalidad de ideas, más que de emociones, para construir o elaborar un
poema. Es un trabajo deliberadamente intencional. Insistiré que sin
intencionalidad de ideas, la asertividad poética tiene altas posibilidades de
errar. Quien crea que los poetas escriben sus poemas de un solo sopetón, están
equivocados. Los poemas se corrigen, se ajustan, se modifican, se resuelven
problemas de fluidez, de ritmo, de precisión, de extensión, antes de su versión
final y lista para antologarlos. Gonzalo Rojas, el poeta chileno, demoró 17
años en terminar un poema. Neruda corregía mucho sus poemas. Nicanor Parra
llenaba y llenaba cuadernos con sus observaciones, con sus ideas, de las cuales una
parte menor es la que al final sale a publicación. Enríque Lihn en varias
publicaciones de sus libros muestra los originales en las cuales aparecen las diversas
correcciones al poema.
Este
proceso creativo no dista en nada con lo que es la creación matemática. En
matemáticas, la exposición de teorías y demostraciones de los teoremas se
muestran con la elegancia y precisión como si de ese modo manó la demostración.
Cuán lejos de la realidad está esta suposición. El matemático, ya que también
trabaja con un lenguaje y gramáticas de rigor lógico, hace ajustes, se entrampa
en la demostración, le da vueltas, debe revisar otras proposiciones ya
demostradas para poder dar con una demostración particular. Claro, en muchos
casos, son demostraciones triviales, que salen con una fluidez inmediata. Pero
cuando se está elaborando una nueva teoría o tratando de resolver problemas
abiertos y teoremas que requieren alguna argucia matemática demasiado sutil, se
pueden gastar muchas hojas en dar con la demostración final y hasta tal vez
años. Así fue como la conjetura del matemático francés Pierre de Fermat,
planteada en 1637, fue recién resuelta en 1995 por el matemático británico
Andrew Wiles, ayudado por otro matemático británico, Richard Taylor.
Hago
mención a la creación matemática, porque se asemeja mucho a la creación poética
en sus modus operandi, aunque tienen
finalidades e intencionalidades diferentes. Pero el nudo de unión es que ambas
operan con un lenguaje, requieren imaginación y abstracción, operan por
síntesis, hay una estética lingüística[1] y crean un orbe imaginario
que se sustenta en un lenguaje y para acceder a él, hay que leerlo.
Como
señalaba, la creación poética interviene el lenguaje y lo saca o trastoca de su
uso habitual. En este sentido se distingue de la prosa, aunque puede haber prosa
poética o prosa con incrustaciones líricas como es la narrativa de García
Márquez.
Lo
que busca el poeta es usar connotativamente el lenguaje cotidiano y darle un
sentido polivalente. Ya las palabras no tienen que significar necesariamente lo
que dicta su denotación directa. En el sistema poético las palabras se
relacionan no sólo lógicamente (y en muchos casos ni lógicamente se
relacionan), sino que por contigüidad sonora o porque se asignan cualidades no
usuales a un sustantivo, las palabras juegan otros roles y crean atmósfera poética. Para el caso cito
algunos ejemplos:
“Veo escamas en el aire/Y ese rumor que sube desde
debajo de las piedras/…esa voz que gotea como agua”
“El corazón vuela/brinca y palpita como un pájaro/ a
veces resbala por la boca/y nos ciega los ojos/y allí queda inerte ya, sin
agua”
“Aquí riman las ramas/el verdor es su música/el arte
de la sombra lo pone el sol al filtrarse”
“Deseo aclarar que no fue en un río/sino en la misma
tierra donde me ahogué/el único río que llevo en la memoria/es un
estremecimiento”
“Me he acostumbrado a beber la noche lentamente/porque
sé que la habitas, no importa dónde/poblándola de sueños”
Sin
duda un poema puede surgir de una experiencia, desde el sentimiento, desde un
estado emocional; pero como dice el poeta español Felipe Benítez Reyes: “los sentimientos en poesía, conviene que
sean sentimientos elaborados, filtrados y finalmente reconstruidos”.
La
poesía, es un discurso estético. Son discursos que intentan ejercer un
magisterio desde la belleza de la palabra sobre temas universales de la especie
humana: la soledad, el abandono, la muerte, el amor, el desamor, la tristeza,
la injusticia, la solidaridad, la amistad, etc. El oficio poético no se puede
sistematizar, como es el caso del lenguaje científico. Pero en ningún caso es
un pasatiempo como el del coleccionista de estampillas o de quien gusta
jardinerear o carpinterear en sus ratos de ocio. También es un lenguaje
organizado y cuasi ad hoc, que tiene
sus códigos y técnicas, pero que no pretende ni puede transformarse en una
máquina de hacer poemas.
El poeta, después de incesantes búsquedas y experimentos, logra encontrar una particular forma de escribir, y en la madurez del oficio, hallar y poseer una voz poética propia, lo que le permite desarrollar trabajos poéticos concretos del mismo modo que un paper de un científico.
La
poesía es también un vehículo de conocimiento y reflexión. Pero no es un
conocimiento taxonómico como el de las distintas disciplinas del saber humano.
Este opera desde el ludismo y desde cierta forma de pensar elíptica para
construir un objeto con sentido estético, pero también lleno de
significaciones. Escribir para hacer llorar al lector es un camino pavimentado
de desaciertos. Sin duda un poema que toca lo sublime, cuando hay una justeza
verbal y de formas, nos toca las fibras más sensibles y se puede terminar con
los ojos vidriosos. Me ha sucedido. Poemas que he leído, me han conmovido y
remecido hasta los tuétanos.
Muchas
veces he leído en entrevistas a poetas aficionados y a compositores de
canciones, cuando les preguntan cómo se inspiran o en qué momento escribieron
tal o cual poema o canción[2], hacen alusiones a noches
en la playa o que la luna estaba llena o que pasaba tal o cual cosa en rededor
etc. Otras veces dicen que cuando les ha surgido una “inspiración”, corren a
buscar una servilleta, un papel donde anotar “el poema o canción” para que éste
no se les escape. O sea, someten la creación a un asunto azaroso, inesperado,
sin control sobre el proceso de construcción.
No
es así. Cuando uno tiene claridad de idea sobre lo quiere escribir o expresar,
puede hasta postergar por días, (para cuando uno tenga tiempo de hacerlo), el
sentarse a escribir y desarrollar el poema. Uno parte elaborando éste, con esa
claridad e intencionalidad y sabe que todos los demás asuntos escriturales se
resuelve en el lenguaje mismo al momento de ir escribiendo. Ningún poeta sabe
de antemano cada verso que escribirá. El poeta no hace un trasvasije total del texto
desde su cerebro al papel, que sería la idea de la inspiración. No. Es un
objeto que se va elaborando a medida que se escribe.
Este
mismo artículo que el lector lee, es un texto que se fue armando a partir de
que tenía claridad sobre lo que quería reflexionar y de la intencionalidad de
transmitir o comunicar mi propia concepción sobre el proceso de creación
poética y artística. Presento el texto de manera continua y fluida, como si así
discurriera el pensamiento. En gran parte lo es.
Pero
he releído, revisado el texto y he borrado frases, palabras, he extendido algunas
ideas, he hecho ajustes y me he preocupado de que sea un texto contundente y
convincente y ameno, en lo posible.
Nota.-
los versos citados, pertenecen a los poetas, Jaime Gómez Rogers (Jonás),
Armando Rubio Huidobro, Daniel Calabrese, Juan Gelman y José Emilio Pacheco.
[1] En el
caso del poeta, este anda en busca de la belleza. en el caso de las matemáticas
la belleza brota sola desde su construcción lógica. El poeta en este caso tiene
más grados de libertad y busca su propia concepción de la belleza o funda su
propia estética. Si bien en matemáticas
se puede distinguir cierta elegancia en algunos matemáticos, éste no puede
hacer connotaciones lingüísticas. Está atrapado por la construcción lógica. La
belleza o elegancia de las matemáticas es como inmanente al razonamiento lógico,
que no es propio del matemático, sino que del cerebro o razonamiento humano.
[2] Aunque la compostura de canciones no tiene nada que ver con la creación
poética, cito el caso, porque también tiene que ver con un texto que busca
expresar una idea o sentimiento. Tal vez el dilema fundamental de los
compositores de canciones, es que todo lo dirigen al puro sentimiento y además
no son letrados en poesía, no leen poesía y desconocen, ignoran, estructuras,
estilos y formas de escribir.
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