ESPERANDO A LA NANY


1

Estoy sentado acá afuera de la Panadería El Sol, por si ella pasa. Llegué a las 6 de la tarde a sentarme en este banco. Me puse los pantalones tornasol morados, una camisa celeste manga corta, mis zapatos negros Bata y unos calcetines blancos. Ya son las 7:05 de la noche y todavía no la veo pasar. Pero no pierdo la esperanza. Lo único que quiero es verla y llamar su atención, ya que esta ropa es para el domingo de matinée y para el paseo en la plaza, por la noche, a la hora de la retreta. Así es que estoy algo raro con esta pinta así, sentado en este banco, un día de semana. Pero una niña como ella merece que uno se presente ante su hermosura de la forma más limpia y correcta. Hasta hace unos días mi universo eran la Villa Covadonga, Caleta Boy, la Escuela 7, la patota del barrio y el básquetbol, que comenzó a ser mi deporte favorito hace dos años, cuando fui llamado a la selección de minibásquetbol de mi pueblo. Pero el otro día, cuando vine con mi papá al centro en el auto que se compraron, un NSU Prinz, mientras me quedé adentro esperándolo, de pronto la vi aparecer. Venía saliendo de la Carnicería León junto a su mamá. Entonces, desde ese día, mi mundo se hizo más extenso. Ahora sé que ella existe, que es parte de la ciudad como lo son la Yerbería la Bayadera, la Ferretería Soré, la Ferreteria Mandakovic, el Cine Florida, el Teatro Nacional, los jotes de la Plaza Condell, las gaviotas y los guascaches, que se posan sobre las barandas de los fierros oxidados del muelle pesquero.

 

2

 

Al mediodía y a esta hora, es cuando hay más movimiento en este modesto pueblo. Son las 7:15, y ya comienza a oscurecer y a encenderse las primeras luces y vitrinas. Los taxis pasan lentos buscando algún pasajero, como en las escenas de las películas ambientadas en las calles de la gran manzana neoyorquina. Cuando no teníamos auto y volvíamos de casa del tío Lolo y la tía Nora, que viven al finalizar 21 de Mayo, al lado de la Librería Boza, nos íbamos en taxi a la Villa. Semidormido, me encantaba ver la luz verde del tablero cuenta kilómetros y de la radio cuando abría un ojo. Mientras todos íbamos callados, era entretenido ir escuchando la radio, que generalmente eran radios peruanas, mientras entre todos nos apoyábamos medio o casi dormidos en el hombro de algún otro hermano.  Creo que cruzaré, en un rato más, al frente, a la Librería Paredes, que está al lado de la Farmacia Rebolledo. Iré a hacer tiempo, mirando las bolitas de vidrio, las lapiceras Parker y ver si encuentro el nombre de nuestra ciudad sobre esas pelotas celestes con el mapa del mundo sobre ella.  Esas lapiceras Parker las hay de tres colores: azul, negro y rojo. Mis sueños, entre algunos sueños, son andar con ella por las calles del centro de la ciudad, ir el domingo a la plaza y caminar alrededor mientras la banda municipal hace su repertorio, invitarla a tomar esos jugos de jarabe que preparan en la Fuente de Soda María Elena, y que mis papás me regalen una Parker cuando egrese de la secundaria, para andar con la lapicera acá en el bolsillo de la camisa. Ya llevo algo más de una hora y media y no se la ve pasar. Pero todavía es tiempo. Los negocios comienzan a cerrar a las 9 de la noche. Creo que si no aparece a la hora que finaliza la función de vermouth del cine Florida, que está acá al lado de la Peluquería Chilex, me iré de regreso a mi barrio. Pero mi última chance, es caminar hacia Colón, que es donde vive ella y subir a tomar la góndola en la esquina del Estadio O’Higgins. En ese estadio hice mi debut por el club Caupolicán, hace dos años, cuando se inició el minibásquetbol. Jugar ahí, es entretenido, como en todas las canchas de acá, ya que por el clima, no es necesario techarlas.  Entonces a esa hora pasa una brisa que te refresca. Cuando hay un tiro libre o un minuto de descanso, miro un rato el cielo y se ven las estrellas mirando el partido. Es bonito eso.

 

3

 

Yo he leído historias de amor en una revista de fotonovelas llamada Cine Amor. Pero no sé aún qué es el amor, porque nunca he amado, lo que se dice amar de verdad a una niña, así con mayúscula. Pero con ella, siento el amor acá en la frente, en mis ojos, en mi boca, en el pecho, en el estómago, en las rodillas, en mis manos y hasta en las uñas y tobillos. Ella le está dando sentido a mi vida, y me gustaría amarla tanto, tanto, como amo cada rincón de este pueblo. A ratos me la imagino, cuando cierro mis ojos por un minuto, venir linda hacia mí. La siento quietamente linda como la cara de estos cerros a eso de las 9 de la mañana cuando el sol da sobre el mar y los cerros están aún con sombra, dando una sensación de frescura que siempre me ha encantado. Porque les debo decir que las casas de mi pueblo están entre unos enormes cerros y el océano Pacífico. En caso que ella no salga hoy al centro, espero verla en la matinée del domingo. Este domingo exhiben Goldfinger, de James Bond y una película de coboy de Franco Nero. Ahí nos encontramos casi todos, como cada domingo. A la matinée, vamos los jóvenes. A la vermouth, van nuestros abuelos. Y a la función de noche, van los matrimonios jóvenes y los mayores de 21 años.

 

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Ya son las 8: 25, me dice un señor a quien le pregunto la hora. No tengo reloj. Llamaría más  su atención si tuviese un reloj, de esos Rolex que matutean desde los barcos. Pero son caros. Sólo los hijos de los comerciantes, de los jefes de las empresas y de los médicos y dentistas, tienen relojes. Acá hay un reloj en una especie de torreón, en la plazoleta, que esta allá al finalizar la calle 21 de Mayo, al lado del Liceo, donde también hay  una locomotora de tren salitrero. Acá, diariamente la sirena del cuerpo de bomberos marca el mediodía con un ruido que te pilla mal parado y te hace sobresaltar y que se parece al sonido de las sirenas de las películas cuando se anuncia un bombardeo. Pero yo estoy acostumbrado a ese sobresaltito. Creo que estas calles ya no serán las mismas, cuando deje de sonar esa sirena anunciando el mediodía, y tampoco será la misma el día que su familia o ella decida partir de aquí. Lo más probable es que se vaya a estudiar afuera cuando egrese de la secundaria. Acá no hay universidades. Ah!, decía lo de la sirena del cuerpo de bomberos. En mi curso tengo un compañero bombero. Los bomberos están autorizados a salir de las clases sin pedir permiso cuando hay alarma de incendio. Varias veces mi compañero salió rajado en medio de la clase a apagar un incendio. Yo aún no he visto incendios. Tal vez algún día los incendios acaben con las casonas de madera. Una de ellas es la Aduana. Está allá abajo en calle Arturo Prat con Baquedano, a dos cuadras de aquí, donde la estoy esperando. La aduana es una casa grande, de dos pisos, con unos pasillos en la parte superior, que parece un enorme barco, casi como el barco de Gulliver. La casa es azul, como los ojos de ella y tiene los marcos de las ventanas pintadas de blanco como el vestido con que la vi salir de la carnicería. Ella, además, tiene el pelo amarillo como el frontis de su casa. El almacén de al lado de su casa, en toda la esquina, también es amarillo. En su misma casa, su papá tiene su consulta de dentista. Su padre más el dentista Loo que está en Aníbal Pinto a un costado de la plaza y Helmer Gutiérrez, que tiene su consulta acá a la vuelta, subiendo por Bolívar al llegar a Sucre, son los únicos tres dentistas de la ciudad. Antes, mucho antes, había un caballero ya de edad, que era de esos dentistas de todo el pueblo. Su consulta estaba llena de frascos de vidrio, con unos estantes de madera pintados de blanco, y tenía una calavera mostrando los dientes dentro de una vitrina. Recuerdo, cuando era chico, de unos 6 años, haber acompañado a mi abuela Ema a atenderse con ese dentista. El era moreno, delgado, de estatura mediana, de pelo blanco, usaba unos lentes ópticos redondos, con marco de metal, y vestía un terno negro, camisa blanca y una delgada corbata negra. Su consulta estaba al llegar a Matta subiendo por Colón, creo. Todavía me acuerdo de su consultorio todo empolvado y desordenado.

 

5

 

Ya son las 8:30 de la noche y aún no pasa. Un poco antes de las 9, cuando comiencen a cerrar las tiendas y paqueterías, caminaré, como me propuse, en dirección a Colón para subir a tomar la góndola a ver si la encuentro sentada afuera de la puerta de su casa. Esta es una costumbre de aquí. Muchas casas tienen doble puerta y la gente se sienta en la puerta a refrescarse y a conversar. Cuando uno va por la vereda que da hacia el cerro, a media cuadra de acá, está el estudio fotográfico del cojo Muñoz. Su estudio tiene una vitrina, donde están todas las fotos que va tomando de los cumpleaños, matrimonios, retratos a domicilio y los desfiles del 21 de Mayo y 18 de Septiembre. Entonces uno pasa a ver si hay una foto de uno. Estar parado ahí, es como estar viendo una película a colores. Casi todo el pueblo está metido en estas fotos. Si definitivamente no pasa, antes de irme, la buscaré en las fotos. Me conformaría con verla en una foto y mirarla y sentir que me mira solamente a mí, y decirle puras cosas bonitas y dulces que se dicen en estos casos. Como decía, los desfiles para estas fechas conmemorativas, son otro acontecimiento importante. Desfilan todos los colegios, con uniformes especiales. El de mi escuela es pantalón blanco, correa roja, camisa blanca y corbata roja, zapatos negros con calcetines y guantes blancos y un gorro así como el de giro sin tornillos, algo ridículo. El gorrito es blanco con unas rayas rojas, con una visera chiquita que es lo que lo hace ridículo. En esos días, toda la ciudad se junta en el centro y con la banda municipal, desfilamos todos los colegios, cerrando el desfile las voluntarias de la Cruz Humanitaria, los de la Cruz Roja y el cuerpo de Bomberos con su carro Fortachín. Una vez que se retira la banda, remata la Brigada Lord Cochrane y su banda de guerra. Cada año, para el 21, llega una escuadra de la armada, ya que en la plaza está la tumba de un marino importante, de apellido Serrano. Entonces la Armada Nacional, viene a rendirle honores. Llegan como cinco barcos y un submarino. Es una fiesta ver llegar los barcos de guerra y ver a los marinos desfilar ese día. Yo no sé de qué escuela es ella. Espero averiguar y verla desfilar el próximo 18. No es difícil saber a qué escuela va. Alguno de mis amigos debe saber, porque acá nos conocemos entre todos, por lo que no hay mucho espacio para no conocerse ni para que haya maldad en este pueblo. Acá, por ejemplo, las personas, dejan sus autos abiertos, hasta con carteras adentro y nadie se las roba. En Caleta Boy dejas tu toalla y después de estar una hora en el agua, vuelves y ahí está, en el mismo lugar.

 

6

 

Desde que apareció ella en mis paisajes cotidianos, veo todo este paisaje cotidiano de otra manera. Me gustan más sus almacenes, botillerías, tiendas y paqueterías, ferreterías, pastelerías, panaderías, sastrerías, salones de belleza, zapaterías, las cantinas, la oficina de correos de Chile, el Banco del Estado, la agencia de Lan Chile, el Registro Civil, el Consejo Local de Deportes, los dos cines, el edificio de la Municipalidad y la Escuela Vocacional.  A mí me gusta pararme en la vitrina de la Casa Asté. Ellos venden géneros, radios, discos, parlantes y esas cosas. Entonces, mientras miro la vitrina, algún lonplei están tocando y me entretengo escuchando sus canciones y el chillido que da la aguja sobre el disco. Todavía suena en mi cabeza, una canción de Doménico Modugno. Esa canción me gusta y de vez en cuando la pongo en el wurlitzer de la pastelería La Ideal.  Me imagino bailando con ella esa canción en algún malón o cumpleaños. Sería bonito si pudiéramos estar ahí, con esa canción, empezando nuestro andar. Estos zapatos con los que la espero, me los compraron en la tienda Bata, que está en esta misma cuadra, hacia el sur. Es ahí en la esquina de 21 de Mayo con Baquedano. Me encanta su vitrina y su interior alfombrado, con todas las cajas de zapatos en las paredes. Es una tienda, la única con alfombra, que me hace sentir como si estuviera en una gran ciudad. Debe ser por lo de la alfombra. Pero no, está acá la tienda y me gusta. Ahí también me compraron las zapatillas de básquetbol de lona negra caña alta, y que tienen un círculo de goma al lado con el logo de Bata.  Ahora me acordé que como nuestras canchas de fútbol son de tierra, los zapatos de fútbol son con puentes, no con estoperoles. Los mejores zapatos de fútbol los hace el señor de la zapatería Eléctrica. Ahí hace los zapatos y se puede ver cómo los hace. En mi barrio de la Villa, tenemos nuestro propio zapatero. Es el boliviano Flores. El vive en el block 9 casa 4. Cuando yo vivía en el mismo block, casa 7, muchas veces fui a verlo ya que cuando reparaba, dejaba la puerta del patio abierta y uno podía entrar a ver. Ahí estaba sentado en una silla chica, con su delantal blanco y todas sus herramientas. Yo quisiera que él pudiera hacer unos zapatos para ella. Ese sería mi regalo de Navidad, unos zapatos hechos por el boliviano Flores. Le dejaría los zapatos en una caja, frente a la puerta de su casa, con una nota amorosa. La otra zapatería que hay, es acá a la vuelta, en Sucre al llegar a Bolívar. Es la zapatería del papá de mi compañero de curso, el chatito Lagos, que es el nieto del señor de La Casa Del Lago. En esa esquina esperaba la micro cuando la escuela 7 estaba al frente de la escuela vocacional. Me venía caminando por la plaza y terminaba en esa esquina. Otras veces subía por Aníbal Pinto y en la esquina del Almacén del yugoeslavo don Marcos Kosika, esperaba la góndola. Las góndolas, acá, tienen números y nombres y su propio color. La número 4, es la Esperanza; la 10, la Helga; la 9, Angelina; la 3, Pochita; la 8, Rosita; la 5 la Vilma. Los recorridos son dos: 21 de Mayo y Hospital. Las micros tienen un cartel cuadrado, de madera, por dentro del parabrisa. Uno con el número 21 y debajo del número en letra pequeña, dice “de Mayo”. El otro es una H grande. El recorrido es el mismo. Parten desde Diagonal arriba y bajan por Sucre y San Martín y toman Prat en dirección de mi barrio. La diferencia es que a la vuelta, la 21 de Mayo sigue por la calle principal, y toma la calle 3ra Sur y se va a dar una vuelta por detrás del cementerio, hasta llegar al punto de inicio. El recorrido Hospital, da vuelta acá, donde estoy, en Bolívar y toma Matta, más arriba de Sucre, y se va hasta el final, pasando por el Hospital Marcos Macuada y llegar a su punto de inicio.

 

7

 

Cuando la vi salir de la carnicería, fue como si una varita mágica la hubiese hecho aparecer. Es demasiado bonita. Qué  hermoso sentir la vida así. Yo, antes, sentía que no podía haber más felicidad que la alegría de mi barrio. Estaba bien en la Villa Covadonga. Se me hacia inimaginable estar en otro sitio. Y sin embargo, desde hace unos días, he descubierto que la felicidad es más grande, está más allá de los bordes de mi barrio. Sólo saber que existe me hace más feliz. Ella ha cambiado ciertos hábitos míos. Ahora me preocupo de andar más arregladito, me miro más al espejo, trato de venir más al centro del pueblo. Me cuido las uñas, me limpio las orejas, lustro mis zapatos y me cuesta quedarme dormido. Tengo menos apetito. En mi casa me dicen si acaso estoy enamorado que como tan poco. Pero yo me hago el leso. Es lindo estar enamorado. Creo que es lo más cercano a estar en el paraíso. Tal vez, ahora, este pueblo olvidado sea el paraíso y no lo sabía. Debe ser, porque todas las noches me meto a la cama sintiendo un sabor dulce a lo ancho y a lo largo de todo mi cuerpo. 


8

 

Ya son las 8:40, y no aparece. Pero éstos son los sacrificios del amor. A veces me imagino casado con ella y viviendo en esa casa verde que está al frente de la puerta de la compañía Anglo Lautaro. Debe ser la casa de un jefe. Es una casa de dos pisos, con un porche con una escalerita con peldaños, corredizos laterales y con un antejardín y flores por al lado. Todo ese barrio, de las casas de los jefes de la Anglo Lautaro, son como así. Son casas de madera con balcones y que cuelgan del cerrito rocoso sobre la que están montadas y a la orilla de la huella que conecta al pueblo con el área sur, donde está mi barrio. Sería bello saber que puedo vivir acá con ella. Quedarnos aquí para siempre. Mi pueblo es una pueblo modesto y antiguo. Acá hay casas muy encachadas, o debe ser lo que dije, que veo todo lindo. Otra de esas casas es la Casa Del Lago, La Casa Guerra, la Agencia de Lan Chile y el Banco del Estado. La Casa Del Lago está en la esquina de San Martín con 21 de Mayo, que es la calle donde estoy sentado ahora. Esta casa también parece barco de madera, por el balcón del segundo piso, por donde a veces se asoma don Gerardo Del Lago, su dueño. En esta tienda venden géneros y repuestos de autos. Por la misma cuadra y en el mismo lado de la vereda, es decir, en la esquina de Serrano con 21 de Mayo, está el Banco del Estado. Es de dos pisos, muy similar a la Casa Del Lago. Muchas veces he entrado al banco con mi abuela Ema. Es una inmensa sala, con un mesón de lado a lado. Detrás están sus oficinistas sentados en sus escritorios, sacando cuentas, escribiendo cifras sobre unos tremendos libros y algunos tecleando sobre sus máquinas de escribir. Lo que me agrada de ir al banco, el único banco de la ciudad, es un dibujo grande que hay en su pared del fondo. Es un trabajador con un mameluco, con un gorrito de béisbol, sentado sobre una roca y con una libreta de ahorro en la mano. Atrás hay una grúa. Se nota que él es el chofer de la grúa. Ella debería venir de este lado, creo. Me pararé y caminaré en dirección contraria, para que me vea. Así, después de llegar un poco más allá, me puedo quedar esperando cuando venga de vuelta y yo devolverme, para que así me vea dos veces. Ya tengo sólo 15 minutos para que pueda aparecer. Se me hace difícil que pueda venir después de las 9 de la noche. El comercio cierra a las 9. No hay nada más que hacer en este pueblo después de esa hora. Sólo quedan en las salas de cine los pocos que vienen a ver la última función del día. Aquí a la vuelta, frente al Teatro Nacional, está la agencia de Lan Chile. Es una fachada amplia, de dos pisos. En el segundo piso vive el jefe de la agencia. Al lado está la cantina El Splendid. Es una de esas cantinas con puertas de madera que se ven en las películas de coboy y al lado del Teatro Nacional esta el Club Deportivo Chile Sporting. No pierdo las esperanzas.

 

9

 

Nunca he besado a una niña. Y sin haber besado, ¿por qué siento que debe ser dulce el beso? ¿Por qué siento esta alegría, si nunca he besado? ¿Será porque al besarla ella puede poner mi nombre en su Diario de Vida? ¿Por qué lo adivino dulce si nunca he besado? ¿Qué sabor tienen los besos? Claro, ahí está!, cuando veo las películas de coboy y el jovencito besa a la jovencita, se nota que están alegres, felices y casi siempre las películas, cuando mueren los malos, terminan besándose el joven y la jovencita. Eso debe ser.  Por eso debe ser lindo besar en la boca, como en las películas de coboy.

 

10

 

Me he dado cuenta que acá hay muchos descendientes extranjeros. Casi todos los comerciantes son de apellidos raros. La tienda donde venden lavadoras, radios y picaps, son de apellido Mandakovic. Los de la Barraca Prat, son los Budinich. La Tienda la Económica es del señor Begliomini. El almacén La Mundial de los Grenet. Los Rusín son de botillería. Mi abuelo Antonio es muy amigo de don Antonio Rusín. Se llaman igual. Los Camus son los dueños de los buses que van a Chuqui. Los Niedman son los que reparten cajas de refrescos y javas de pilsener.  Los Poniachik venden camas, colchones y cómodas. Don Marcos Medar es dueño de una panadería y muy amigo de mi papá.  Los Gueny son los dueños de los buses Turis Norte, que van a Antofagasta y Santiago. Al final de 21 de Mayo, está la panadería Schiappacasse. Acá, también, hay muchos chinos. Tienen su propio club y sus negocios.  Los tres peluqueros de la Peluquería Chilex, son de origen japonés: el Juan Kubota, el Jimmy Hayashi y Gregorio Anchi. Juan Kubota tiene un bate y un guante de béisbol en la peluquería. En mi barrio nos encanta jugar pichangas de béisbol con un palo de escoba y una pelota de tenis. El 18 me gusta porque vienen argentinos y peruanos a jugar béisbol. Se juega en el estadio Municipal, a estadio lleno. Casi siempre ganamos nosotros. Cuando salimos campeones de Chile, me encanta la caravana que va por toda la ciudad con la banda municipal tocando arriba de un camión tolva. Me gusta cuando llegan a la plaza y habla el Alcalde y muestran la copa. Eso me hace sentir orgulloso. A mí me gustan los deportes y soy bueno para eso. Si pudiera ser pitcher, le regalaría un partido a ella para dedicarle los ponches.  Es lindo sentir que una niña alegra toda tu vida, como que ordena todo; le decía ayer a un amigo de la Villa.

 

11

 

Si no la veo hoy, también el domingo en la mañana podría ir a verla a Caleta Boy. Caleta, está más abajo de mi barrio, pasando por el lado del diamante de béisbol de nuestro club. El diamante está  pegadito a la huella y al mar. Ahí se juega casi todos los domingos en la mañana. Es un diamante abierto. Las galerías son los cerros que están para el lado del filder derecho y central. Es muy lindo ver a los clubes con sus trajes de béisbol. Los de mi club, el Caupolicán, tienen dos trajes traídos desde Estados Unidos. Uno rojo con blanco, y otro blanco con rojo. Son los gringos de la Chilex Exploration, los dueños de la termoeléctrica que alimenta de energía al mineral de Chuquicamata y vende electricidad a Endesa para iluminar este puerto lleno de nostalgia por la época del oro blanco cuando había hasta 20 barcos en la bahía, como nos cuentan nuestros taitas y que había prostíbulos por todas partes.  Los gringos trajeron el béisbol y el golf a mi pueblo. A veces, recalan barcos japoneses, que siempre son de color plomo con una chimenea roja con una K blanca. A los japoneses les gusta el béisbol, así es que cada vez que pasan, desafían a algún club, casi siempre el de mi Villa. Un poco antes de que termine el partido, llegan los cocineros del barco y les traen arroz y otras comidas, más té frío. Se sientan con los pies cruzados y se ponen a comer con palitos, mientras nosotros, miramos cómo comen y cómo hablan, y nosotros sin entender ni jota. Como Caleta Boy está abajo, para nosotros es costumbre bajar en la noche a mirar los tumbos que entran a la piscina y ver la espuma media amarilla como la de la Pepsi Cola cuando llenas un vaso. Ahí, alrededor, sentados en las gradas, nos ponemos a conversar y a payasear y si tenemos algunas monedas, nos compramos un helado en la fuente de soda Casaneva, de los Progulakis o una refresco en el Casino Caleta Boy, de don Belmor Avalos. Como les contaba, los gringos trajeron el golf a mi pueblo. Arriba de la Villa, están las canchas de golf, que son propiedad de la compañía. Ahí juegan jefes y empleados. Es un circuito completo, con 15 canchas. Se repiten tres hoyos para hacer el circuito de 18. Las canchas son de arena mezclada con petróleo. Es un circuito muy entretenido, porque tienes cerritos, lomitas y rocas. Todos los domingos bajan gringos de Chuquicamata que se hospedan en la Casa de Huéspedes y vienen a jugar golf y descansar. Mi papá juega golf y yo soy su cady. En las tardes y más para las vacaciones de la escuela, voy con unos amigos a jugar golf. Así aprendí a jugar golf. Me gusta el golf.

 

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Ya se cumplió la hora. No apareció hoy. Y no aparecerá nunca, porque todo esto que cuento es una gran mentira. Nada de esto existe. No es cierto que exista la Aduana, La Casa del Lago, el Banco de Estado, ni el club Tocopilla Sporting. Acá ya no aterrizan aviones Lan Chile. La Yerbería la Bayadera y su chinito, don Carlos Begloimini y su tienda, no existen. Nada de esto existe. Nada. No hay campeonatos de verano de básquetbol ni tampoco pelea nuestro presunto campeón de box, Hugo Figueroa, en el Estadio O’Higgins. No existe el diamante de béisbol, ni el Club Manhattan en el lado de la escalera honda de Caleta, donde los domingos tocaban los New Brokens y Los Golpes y se armaban algunas mochas. No existen el Gato Negro, el Nuria ni el 1313 y sus prostitutas. El pelao Oscar y la Morocha son unos maricas que se pasean en un taxi fantasma. No existe el almacén de don Darko Kosika, ni la Suelería El Barato. Nadie va a servirse helados en copas de plata en la Pastelería La Ideal ni en el Shangai, porque esas Fuentes de Soda son espejismos de mi memoria. Nadie va a comer al Kong-Tong ni a la Cumparsita ni al Bar Leos, porque no existen sus cocineros. No existen esos grandes lanchones de madera, que parecen los zapatones de un gigante flotando en la bahía. Todo esto es una colosal mentira del porte del único barco fantasma que está hoy de paso por el puerto. No hay ninguna tumba de un almirante Serrano en la Plaza. No venden recortes en la Pastelería La Perla ni existen las micros Eli Ben-Hur que van a Antofagasta, ni la Flota Carrasco que sube a María Elena y Pedro de Valdivia. No se venden tablones en la Mercería y Barraca Prat, para construir un retablo de recuerdos, porque no existen los maderos en sus bodegas. Tampoco existe el Almacén Las Dos Estrellas, porque nunca han existido sus balanzas para pesar el  kilo de azúcar o de harina. No hay un par de arqueológicos leones afuera de la Panadería Los Dos Leones, ni veo pasar al cabezón Julio, a la Torcuata y sus bolsas, al Lagartija Pelá, ni a Jojó vendiendo paletas de menta en las galerías del Teatro Nacional. No veo a la Maiga cargando sacos de salitres o marimacheando en las cantinas, ni a Guillermito, ni  a Julito buscando el cometa Icarito. No salen del Bar Malaquías Concha unos boleros de Jorge Negrete. No existe la Pulpería de mi barrio, donde había en sus vitrinas, para la pascua, aviones a fricción de la Pan American y que encendían unas luces rojas en sus alas. Tampoco existe el gran pino de la gruta con sus luces de colores para navidad. No pasa, por la Villa, Castillito vendiendo helados de chocolate, vainilla, canela y plátano, ni pasa el Hallulla y Dulce en su motoneta azul marca Vespa, ni el Colérico en su bicicleta y su canasto vendiendo alfileres, agujas, calzones de goma, blondas, elástico, hilos y botones, ni pasa don Manolo en su cacharra vendiendo refrescos en cajas de 12, ni javas de pilsener ni chuicas de vino. Solamente pasan silenciosos, como una brisa que viene de la María, Mr. Aldrige y Mr. Eastman, otros de sus tantos fantasmas camino a sus casas de la Gerencia, con los autos último modelo traídos desde Estados Unidos. La Escuela 4 y el Barrio Americano y sus gringos, es una postal que miro en las escombros de mis recuerdos. Todo esto son los desvaríos que producen los deseos de amar y a uno se le da por inventar un paraíso en la tierra. Acá no existe la Fuente de Soda la Giralda, ni el Roland Bar, ni la Librería Guerra, ni la casa Guerra, ni la Librería Cervantes ni el Almacén Nakamine ni el Almacén Cam, ni la casa Ukrania de los padres del escrito Alejandro Jodowrosky, ni el Almacén Gallardo.  Las canchas de golf son unos tierrales inhóspitos y los disparos del Club de Tiro al Blanco, son balas locas que atraviesan mi memoria. Acá nadie ve películas en una sala de cine, porque no hay cines. Acá todos ven televisión en sus casas. No existen las fotos del cojo Muñoz. Los ruidos del golpe de las bolas de billar, acá al lado de donde estoy sentado, en el salón del chino Catuzo, son mis delirium tremens. Las parejas de jóvenes bailando una canción de Cat Stevens en la Discoteca La Cabaña, es solamente un cuadro de Botero que instalo en mi nostalgia. Y la Nany Urbina tampoco existe. Nunca existió. Yo me fui quedando solo en esta ciudad, solo. Todos se han ido. Las Tiendas y Paqueterías que veo al frente, tienen un color sepia dibujado en mis pupilas. No es cierto que tenga pantalones tornasol ni zapatos Bata. Tengo unos desgastados bluyines que se mueren de viejos y una camisa con dos o tres botones de menos. Y la lapicera Parker nunca llegó. Tengo muy poco pelo, escasa vista y unos zapatos sin lustrar. ¿A quién le interesa que mis zapatos estén lustrados?. Todo esto es una invención mía para tener un pensamiento amigo. Todo esto no es más que un álbum de fotografías que se quema. Todo esto es un gran embuste, porque todo esto es nada más que pura literatura.

 



 

Post Scriptum

 

Emigré de Tocopilla el año 1972 a estudiar al Internado Nacional Barros Arana, y sin saber, esa partida marcó mi exilio. Volvía para las vacaciones del INBA y en mi vida universitaria. Nunca más volví a vivir a Tocopilla. A mis 23 años, el año 1981, decidí volver a mi ciudad cuando cumpla 40 años, y así sucedió; lo que con el tiempo he considerado que fue una autoflagelación. En el 2019, fui a Tocopilla después de 17 años de ausencia. El motivo fue que nos invitaron para el aniversario de la ciudad, que es el 29 de septiembre, a un homenaje que nos hacía la Ilustre Municipalidad a la primera selección de Minibásquetbol de Tocopilla, y que habíamos tenido una destacada participación en Santiago, donde entre los 36 ciudades finalistas, después de haber participado en clasificatorias provinciales, obtuvimos el lugar 11. Para el aniversario de Tocopilla es tradición que vuelven sus hijos repartidos por el país y por el mundo y se hace un desfile por la calle principal de la ciudad. Son 3 a 4 días de total fiesta y reencuentro con viejos amigos repartidos por el mundo, como señalé, y con los que se quedaron para siempre en el puerto. La Pastelería y Heladería La Ideal, que era la pastelería más importante, donde además se vendían bebidas y cervezas, estaba ubicada frente a la Plaza Carlo Condell. Esta desapareció por los años 80, cuando comenzaron a desaparecer todos los negocios de aquella época. La nieta de la familia Cruz, casada con mi amigo Waldo Valera, que fue parte de la selección de minibásquetbol del 69, reabrieron la Pastelería  pero dos cuadras y media más al sur. Esta, en una suerte de nostalgia y tiempo recobrado, es la Pastelería más concurrida. En sus paredes hay fotos sepia de la pastelería antigua y tiene como decoración el wurlitzer de ésta.

 

Ahí, en ella, los tocopillanos que concurrimos para esos días de aniversario, nos juntamos a reencontrarnos y tomar café, jugos, pasteles y demáses. Con Waldo conversábamos en un escaño, de esos típicos de plaza y de repente diviso en frente, en el lugar de las mesas de café, a una rubia muy hermosa de más o menos nuestra edad. Le pregunto a Waldo, ¿quién esa ella?. Es la Nany Urbina, me responde. No podía dar crédito. La niña de la que me había dado un destello de amor al salir de la Carnicería León en mi cándida pubertad, estaba con otras y otros tocopillanos conversando y tomando café, a unos cinco metros. Se veía distinguida, bien vestida y de una belleza bien llevada a una edad madura. No podía dejar pasar la oportunidad, única en mi vida. En dos días más yo regresaría a Santiago y ella a Antofagasta. Me armé de valor y me acerqué y senté a su lado. Me presenté y le dije que es probable que no supiese quién era yo. Le dije que le iba a contar algo y que lo tomara como lo que es y no que yo esté pretendiendo otra cosa. Y comencé a narrarle de su aparición en la Carnicería León. También le conté que para el día de su cumpleaños, cuando cumplía unos 12  años, por ahí. Le llamé por teléfono desde la garita de mi barrio. No recuerdo cómo lo conseguí. Seguramente por la guía de teléfono: Consulta Dentista Dr. Urbina. Me encerré en la garita, le contaba, todo nervioso y pedí hablar con ella. Cuando preguntó quién es, le dije que no me conocía, que la llamaba porque la quería saludar por su cumpleaños, con una voz algo temblorosa. Me lo agradeció y colgué. No sabía qué hablar  y ese era el objetivo, saludarla. Luego le dije que cuando estaba en 3ero medio, en el INBA, Layo Valdéz y Chino Bahamondes, ambos integrantes de aquella selección de minibásquetbol y que me los había traído ese año al internado para que integraran la selección del INBA, me trajeron, de regreso de las vacaciones de invierno del año 1974, una carta de ella. Yo no podía creer que Nany me había escrito una carta. Estaba ilusionadamente desconcertado. Abrí la carta y, con una letra bien escrita, ella me confesaba su amor. Se me transfiguró el mundo. Al rato de haber leído la carta, observo la complicidad de Layo y Chino, de que era una carta falsa, escritos por ellos. La imagen de la Nany y las bellas emociones, se esfumaron en un chispazo de segundo. Quise enojarme, pero al final se las celebré y me sumé a sus risotadas. La vida en el internado siguió igual. Y terminé diciéndole que por el año 1981, un día de semana, yo iba caminado por calle Londres hacia la Alameda, casi al llegar a la Iglesia San Francisco, y me encuentro que del lado contrario viene ella caminando, de bluyines y con la belleza diáfana e intacta con que la recordaba en mis años adolescentes cuando la veía las mañanas en Caleta Boy, para los veranos. Le clavé la vista desde que la vi caminado a unos 5 metros y pasó, silente, pausada, hermosa, a un metro y algo de mí. La seguí con la vista, hasta que la perdí. Le dije que no tenía sentido pararla y que yo era de Tocopilla y bla, blá. Era mejor escena, y lo fue, como de película italiana a lo Ettore Scola, verla pasar como un fantasma diurno. Acogió muy bien mi relato. Me liberé, solté todos esos recuerdos y se lo revelé con toda serenidad y parsimonia. Fue una conversación muy agradable y caminamos juntos hasta ir a dejarla a la casa de los hermanos Gallardos, los del Almacén, que ya desaparecido, todavía habitaban en el segundo piso y era el lugar para llegar de sus tres hijos radicados en Santiago. Maritza, amiga de Nany, había viajado para el aniversario y la invitó a hospedarse. Tomamos nuestros wasap. Yo decidí alargar mi estadía en Tocopilla por 10 días y ella el lunes por la mañana partió a Antofagasta. En la semana le wasapeé y le propuse que como mi avión salía de cerro Moreno a las 4 p.m., yo me podía ir temprano y hacer hora con ella en un café. En eso quedamos y así fue. Yo no tenía ninguna pretensión y eso quedó claramente definido. Le dije que era casado y que sólo quería pasar unas horas con ella, conversando. Llegué a Antofagasta, nos juntamos, fuimos a un café y conversamos más una amiga que llegó al rato. Nos tomamos fotos y fue un momento amable, pero nada más. Yo quería estar sólo con ella, conversar más sueltamente, pero no entendí la invitación de su amiga a un momento tan peculiar, para estar los dos, después de la historia que le conté. No pude. La amiga, un total desconocida, no sabía qué hacía ahí y la conversación fue bastante fofa, trivial, sin encanto. Y ya agotadas las horas, tomé un uber y al aeropuerto. A los días nos seguimos wasapeando muy afablemente y compartiendo mis pinturas y ella, que también mutó en artista, me enviaba las fotos del mural que estaba haciendo en una muralla interna del edificio en donde vive junto a su madre y una hija. Ella se había divorciado hace muchos, muchos años. Un día le compartí un opinión crítica que hacía Vargas Llosa sobre la izquierda caviar, aquella que critica y demoniza el modelo de libre mercado, pero que sin embargo le gusta saborear las mieles del capitalismo. Y hasta ahí llegó la amistad con Nany. Ella es parte de esa izquierda caviar y yo un converso. Me dijo que no le wasapeara más. Le mandé un voice message haciendo mis descargos por ese radicalismo enfermo de la izquierda y le dije que yo había sido militante comunista y que ahora era parte de los desilusionados y que yo, ahora, no tenía ningún interés en relacionarme desde la amistad, con ella. Le había enviado el relato, éste, por gmail. También le llevé a Antofagasta una breve colección de mis poemas, unos 15 para que conociera mi poesía, ya que el día de la conversación en el café, Waldo aún conservaba unos 20 poemas míos que en mi viaje a Tocopilla el Verano de 1998, les regalé a un par de amigos estos poemas en un cuadernillo anillado. Yo había olvidado esa entrega. Waldo mostró el cuadernillo mientras yo charlaba con Nany. Así se enteró que yo era poeta y por eso decidí mostrarle parte de mi poesía. Me parecía que una forma de estar en el mundo de Nany, era con mi poesía. Bueno, nos bloqueamos y hasta la fecha,  y no me interesa más nunca en mi vida.

La única Nany que rescato y adoro, es el personaje que de real se hizo ficticio y sirvió para armar el relato de nostalgia a mi ciudad y que existe pero sólo en el mundo de la literatura. Ahora se podría llamar, María, Coté, Cecilia, Rose, Mercedes, Romina, Macarena, Graciela, Úrsula, etcétera.

Comentarios

  1. Me encantó el relato ,creo que niños y niñas ,vivimos experiencias parecidas ,...felicitaciones .🤗👏👏

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    1. Gracias por tu comentario, Julia. Sí, es esa etapa adolescente donde uno está rompiendo el cascarón y se está revelando la dimensión amorosa o amatoria de la vida. Pero tb. se usa el personaje como tensión dramática para recobrar en el recuerdo un pueblo que existió y que ya no existe, porque llegan nuevos comerciantes, nuevas generaciones y se escribe un pueblo sobre el otro y borra ese pasado. El Personaje Nany sirvió para poder recobrar ese pasado en torno a ella como centro.

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