VICTORINO Y CATARINA

 

Victorino Aparicio y Catarina  Asenjo llegaron del sur una tarde de un jueves  de junio de 1905. Al bajar del tren, que seguía destino a La Paz, una ventolera voló el gorro de fieltro que Victorino Aparicio había heredado de su abuelo materno don Amilcar Maluenda de la Yera. Por un instante él y su esposa fueron borrados del paisaje pampino por una nubecilla de polvo que los hizo invisible por un par de minutos. Al pasar el remolinito,  algo usual por las tardes pampinas, parecían dos esfinges de yeso sacadas de un sótano para alguna exposición, por el polvo que cubrió sus ropas, el bigote y las tupidas cejas de Victorino Aparicio totalmente blanquecinas.

 Llegaron con un dinerito que el padre de Victorino Aparicio les regaló para que abrieran una cantina. Pero al ver que el campamento estaba lleno de casas de regentas y otro par de bares de mala muerte, decidieron abrir una tienda y paquetería.

 Abrieron el negocio al martes siguiente, después de haber arrendado un local, y hechos todos los trámites notariales ante don Rosamel  Pimentel, único  abogado y notario del pueblo. La tienda era de murallones de adobe cubiertos con cal,  como casi todas las tiendas y casas del campamento, con dos vitrinas a cada lado de la entrada y que en sus vidrios pusieron en letras de calcomanía dorada con bordes negros: Tienda La Económica. También pusieron un cartel con el nombre de la tienda, y que se balanceaba con el viento de las 4 de la tarde.   Detrás del mostrador principal y al centro de la tienda, había una puerta cubierta por una cortina y que comunicaba al interior de la casa.

 A los tres meses estaban integrados totalmente a la vida social del pueblo, que los acogió con especial cariño, porque aparte de su negocio, Victorino Aparicio oficiaba de diácono en la misa dominical, y su esposa Catarina Asenjo, que tenía preparación en primeros auxilios, ponía inyecciones de urgencia tan sólo de buena samaritana. 

 Según las actas del Registro Civil,  tuvieron un solo hijo, y que a la muerte de sus padres, éste siguió atendiendo la tienda, hasta que murió una noche de Agosto, en el sueño,  cuando ya andaba por los 80 años.  El informe forense no especifica bien la causa del deceso. Sólo dice que el difunto tenía en su rostro una expresión de infinita soledad, como la de este libro de datas y causas de muertes que se exhibe en este museo pampino.

 Hoy, sobre los vidrios de las dos vitrinas, con letras grandes rojas con bordes negros, y que cubren casi todo el ventanal, dice: SALA DE VIDEO JUEGOS, con un chino apostado en su puerta esperando por adictos clientes.  Al costado, sobre un murallón, apenas se divisa un aviso raspado por el tiempo y que dice ALIVIOL, y que se resiste a morir y que nadie entiende qué anunciaba.

 

Comentarios

  1. Que bello relato , que al leerlo es vivir esos tiempos de los pioneros negociantes .,bien sacrificados ,pero así se comienza,con tesón se logran frutos ..gracias por compartir,sus obras.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Se agradece el comentario. Y claro, lo que dices. Hacían patria. Y tb. está el paso del tiempo, una época q se fue.

      Eliminar
  2. Una linda historia pampina que termina como muchas en esas latitudes, en el olvido...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. así es...es lo que trabajo en el breve relato. No es un gran relato, pero se sostiene.

      Eliminar

Publicar un comentario

Artículo con más visitas

EL ADJETIVO CUANDO NO DA VIDA MATA

ACOSANDO A TULA

MICROCUENTOS Y ALGUNO QUE OTRO POEMA