Relato: CONJETURA DE UN TAL BORGES

 

                                      “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o afantasma”

                                                                                                          (Jorge Luis Borges)

 

Un tal Jorge Luis Borges, dice por ahí en uno de sus enigmáticos y laberínticos relatos, la frase que he usado como epígrafe del mío. Por ahí circulan tesis, en los arrabales pendencieros, en artículos literarios de pasquines infames, en quintas de recreo gauchescas, de que Jorge Luis Borges es una invención colectiva o un alter ego de Adolfo Bioy Casares[1]; y que Borges pertenece, literalmente, a la literatura fantástica. Se dice con mala fe y envidia deleznables, que el verdadero, el real Jorge Luis Borges, aparte de haber trabajado en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, nunca leyó ni escribió relato alguno.

Quien sea este sujeto, real o ficticio, después de todo, todos somos una pérfida invención de otro, para la historia importa poco. El asunto es que este relato, del tal Borges, me ha dejado con una pesimista incertidumbre y que paso a narrar.

La conjetura planteada por Borges o el hablante lírico del relato, que siempre se nos cofunde con ese supuesto Borges, es que de existir una Biblioteca Universal que contiene todos los libros, es finita, y ésta es el universo[2].

Pero lo que me sorprendió de manera deplorable y dolorosa, fue la afirmación en la página 141 del libro Ficciones, Emecé Editores,  2da edición, del año 2005: el hecho factual que si reducimos nuestro alfabeto a 25 caracteres, es decir, si admitimos como signos de puntuación solamente el ‘punto’ y la ‘coma’, el ‘espacio’, más las 22 letras del alfabeto, la cantidad de libros que se pueden escribir, es infinita, aunque vasta, como las infinitas partículas de la fatigosa arena[3].

Sin duda esta conjetura me ha llevado a pensar en el acto de la originalidad, que tanto perseguimos, como el de Cartaphilus, que ante su precariedad literaria, buscaba afanosamente el río de las aguas inmortales[4].

Siempre he escrito buscando una cuota de inmortalidad, buscando mi propia vindicación, que para que sea tal, pensé debía ser original y auténtica. Esta afirmación borgeana, echa por tierra mi tesis sobre la posibilidad de la autenticidad y hace de mi vanidad un acto vacuo. Todo lo que se pueda o podamos escribir ya está escrito y está contenido en esa Biblioteca Universal. Todo querer ser se reduciría a buscar ese feroz libro donde está nuestra vindicación.

En este punto Borges se me torna un sujeto indeseable para la humanidad, porque todas sus conjeturas literarias que menciona en ese relato deleznable, y que me resultan blasfemas, confirmarían y demuestran con la rigurosidad milenaria de los teoremas matemáticos, que ya no es posible una idea original ni escribir textos literarios. Esto lo menciona con indignos y desesperanzadores detalles, para nosotros, en la página 166.

Lo que me llama a curiosidad, en esta noche perturbadora, es la semejanza entre la Biblioteca de Babel y el ajedrez, otra de las inquietudes pavorosas de Jorge Luis Borges, como sus bruñidos espejos que siempre multiplican nuestras pérfidas almas.

Todas las partidas de ajedrez son finitas, porque sus combinaciones son finitas, pero en una cantidad tan vasta, que las hace infinitas, como las partículas que atraviesan un tubo de neón. Los ajedrecistas de las plazas cerrilles donde suelen desafiarse, se afanan día a día en buscar la partida perfecta que les devuelva cierta dignidad y felicidad con el sabor de la victoria.

En este punto vuelvo a sentir esa ráfaga escalofriante de inautenticidad. Los ajedrecistas no inventan ni crean nada nuevo con esas combinaciones magistrales y maravillosas de Raúl Capablanca o Harry Nelson Philsbury, y que creíamos originales. Ahora constato con amarga desilusión, que son sólo hallazgos accidentales de algunas de las innumerables partidas que ya existen y que deben estar en un libro de los anaqueles de la Biblioteca de Babel. Muchas partidas, aparentemente magistrales, difieren en una mera movida, como los innumerables libros que son copias que difieren en una coma o en un punto o un par de mínimas frases del libro perfecto. Esto es lo que suele suceder en el ajedrez de alto nivel. Los Grandes Maestros de ajedrez analizan sus cuasi perfectas partidas que le dan la gloria, sólo buscando afanosamente esa variante que no deriva la partida en tablas. No sé a qué se debe esta fatigosa tarea de jugar ajedrez. Yo suelo jugar, en mis insoportables noches de insomnio o en la letanía de la tardes provincianas. Lo incómodo, ahora, de jugar ajedrez, es constatar que las partidas que jugamos los simples mortales, son estupideces, partidas sin sentido, banalidades carentes de belleza combinatoria, análogas a esa literatura mercantil e ignominiosa para las bellas letras. Nada más deplorable que esas partidas donde se recibe un jaque mate en 10 movidas, y sentir cuán lejos estamos de encontrar la partida perfecta que nos redime.

Lo cierto es que los vastos libros de la Biblioteca Universal, postulada por este tal Borges; y las partidas de ajedrez almacenadas en algunos de los libros de la sección ajedrez de esta biblioteca, de algún modo se anulan o confirman.

Se anulan porque es un ejercicio banal escribir libros o jugar ajedrez, puesto que ya existen como documentos, mas no como actos. Se confirman porque el hombre busca las acciones que fijan el momento de su hallazgo, de ahí esta inexorable, absurda y fatigosa persistencia de escribir libros y jugar ajedrez.

Ante esta incómoda conjetura de Borges, tengo dos opciones muy obvias, y que le restan todo arresto de literatura a este párrafo. O dejo de escribir o persisto en darle un capcioso e ingenioso finiquito al texto de marras, en un par de líneas más. Pero dudo que este arrebato de vanidad literaria pueda rescatarme. Este texto, que ahora escribo, tiene que estar en algún anaquel de los hexágonos de la Biblioteca Universal.

Pero entre darme a la tediosa, absurda y exhausta tarea de ir en su búsqueda, y en las cual pueda hallar una insignificante muerte en las escaleras en  espiral, elegí la tarea de escribirlo y ahorrarle a los buscadores de vindicaciones, encontrar sus propios textos, puesto que acabo de hacer patente que este no es el de ellos.

Los grandes escritores como los grandes maestros de ajedrez, nos maravillan y les admiramos con universal y vil envidia porque ellos siempre rondan en las cercanías de hallar la perfección, aunque sean unos borrachines, truhanes o desalmados amantes, pues sólo a ellos les están autorizadas estas extravagancias.

Los exégetas y lectores asiduos de los relatos borgeanos, les parecerá que de algún modo este texto se mimetiza con los de Borges. Los más molestos me acusarán de un banal e infantil plagio. Pero sus juicios son infundados. Un lector capcioso me comprenderá y tal vez idolatrará.

Pero a pesar de la pesadumbre de constatar mi inautenticidad, tengo una mínima posibilidad de que este texto, de alguna manera, también, sea mi vanidosa y remota vindicación.



[1] Adolfo Bioy Casares nació en la República Sur Americana de Argentina un 15 de Septiembre de 1914 y murió el 8 de Marzo de 1999, según cuenta en el acta de defunción ingresada al cementerio de La Recoleta.

[2] Esta conjetura de la Biblioteca Universal que contiene a todos los libros, parece imposible. Lo que no puede existir de ninguna manera, es el libro que contiene a todos los libros, porque nos lleva a una paradoja.

[3] Claramente la cantidad de partículas de arena del Universo es finita en un tiempo dado. Pero empíricamente es imposible, tedioso y carente de sentido, contarlas. Nos costaría milenios, contarlas. De ahí su infinitud.

[4] Para más información, remítase al relato El Inmortal, de Jorge Luis Borges.

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