CÓMO TE RECUERDO, ISMENIA MÍA

 

La revistas Estadio y Gol y Gol eran las únicas revistas deportivas que existían en Chile, en el tiempo que refiero esta crónica. No existía la televisión. Así es que no había un troncal comunicacional que mantuviera conectado al país en tiempo real. Antofagasta, distante a 189 km al sur de mi ciudad, nos era lejana. Santiago, nos resultaba aún más y más lejano, casi sideral. Viajar era costoso en tiempo y dinero. Sólo la clase adinerada podía tomar un avión, cuando existía la línea aérea nacional Lan Chile, y que cubría por aire todo el territorio, con aeropuertos en cada ciudad, como lo era el tren al sur, que de Santiago a Puerto Montt paraba en cada estación. Barriles se denominaba la pista de aterrizaje de mi pequeña ciudad y que ahora es un sitio donde hay desechos de fierros oxidados. Entonces, las revistas deportivas, así como la revista Ritmo y la revista de fotonovelas Cine Amor, eran una forma de ver cine, y de estar conectados mediante las fotos y los reportajes en tiempos diferidos por dos semanas.

En estas revistas deportivas, conocí a las grandes figuras deportivas de la época en los más diversos deportes y que fueron mis referentes.

Y así fue como un día en la portada de la revista Estadio apareció  la espigada y hermosa basquetbolista Ismenia Pauchard Demierre, con el uniforme de la selección de Santiago, de color azul eléctrico, que es mi color favorito.

Ismenia, apodada también la Abeja Reina, es considerada la más grande basquetbolista de la historia del básquetbol femenino chileno. Era alta, de buen talle y de una belleza singular. En mi pubertad no podía mirar sus fotos en la Revista Estadio no sin asombro, no sin encanto. Era como la belleza de las jovencitas que aparecían en las películas de vaqueros o como la belleza que al poeta mexicano José Emilio Pacheco, en su edad escolar, le causó la madre de un compañero de curso cuando fue a su casa a hacer unas tareas, y que dio origen a la novela Las Batallas en el Desierto.

En Angol, su ciudad natal, comenzó su vida deportiva, como atleta, destacando en salto alto, salto largo y 200 metros planos. Pero cuando llegó a Santiago, acompañó a su hermano a buscar a su polola que jugaba básquetbol en el ya desaparecido club Famae, y se vinculó con el baloncesto, que no abandonaría jamás. Así es como Ismenia comenzó, anecdóticamente, su carrera basquetbolista en el equipo de Famae. Después militó en el que fue su equipo del resto de su carrera, por 18 años, Colo-Colo. Fue seleccionada de Santiago y seleccionada chilena desde que fue convocada hasta su retiro en 1973.

Yo llegué a estudiar al INBA el año 1972. Ahora que escribo esta crónica, no sé por qué no tuve la lucidez de haber ido a verla jugar en el ya desaparecido Gimnasio Nataniel, donde se desarrolló gran parte de la historia del básquetbol capitalino y chileno, donde ella desarrolló su carrera deportiva, y donde yo hice,  también,  mi corta carrera de basquetbolista.

Cierto día del año 81 u 82, yo cruzaba de la iglesia San Francisco hacia la esquina de San Antonio a eso de las 2 de la tarde, y me encuentro con la estampa de Ismenia, cruzando en dirección contraria. Era la mujer con la que se me reveló la belleza femenina en la revista Estadio en unos remotos años de mi adolescencia. Era evidentemente hermosa. Iba con un gabán de cuero de tono café oscuro, botas negras, con una bolsa en la mano y con un rostro deslavado después de una lluvia; pero la belleza de su rostro se mantenía intacta como la de la foto de la portada de la Revista Estadio. Llegué a la acera y me volteé a mirarla. Iba muy ensimismada, casi ajena al mundo, anclada en sí misma. Caminó hasta San Isidro, giró y desapareció, en mí, para siempre. Nunca más el albur de la vida me la puso en mis andares cotidianos de una ciudad de 7 millones de habitantes.

Retirada del básquetbol y de su vida laboral, regresó al sur a vivir en una cabaña en la región de Caburgua, donde llevaba una vida apacible y quieta. Nunca se casó ni tuvo hijos. Fue una mujer solitaria.

Ismenia fue muerta a golpes el 22 de mayo del 2004,  por el gasfiter que le hacía arreglos ocasionales, quien le había hurtado un par de enseres.

Los restos de la Abeja Reina reposan en el cementerio de Angol.




 

 

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