DE VIAJE por EUROPA del ESTE

                         “Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para recibir una visita.
                               A los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantarse”
 
                                                                                               (Gabriel García Márquez)


“De Viaje por Europa del Este”, es un libro póstumo de Gabriel García Márquez. Se trata de sus notas periodísticas o crónicas de un viaje aventurado a algunos países de la órbita soviético-comunista, a inicios de los años 50; viaje que inició con Jacqueline, una francesa de origen indochino, diagramadora de una revista de París, y Franco un corresponsal italiano. El viaje comprendió los países de Polonia, Hungría, Alemania Oriental, Checoeslovaquia y la Unión Soviética, ya inexistentes estos últimos tres países.

El relato es la constatación de una desilusión. García Márquez se empeñó en buscar las bondades de los sistemas socialistas, pero no halló sino unos países convertidos en ghettos y economatos, donde la figura de Stalin era el Gran Hermano.

La impresión que el lector logra formarse, es que los habitantes (si se les puede denominar habitantes) de los países bajo la órbita comunista, eran personajes de un gran puesta en escena: la simulación del ‘paraíso en la tierra’, pero envueltos en un sopor de miedo y desesperanza.

Las notas periodísticas testimonian que la austeridad con la que ese sistema intentaba exterminar las desigualdades sociales, mutan en un arquitectura burda carente de estética, con gente mal vestida, vitrinas mortecinas donde apenas se exhiben algunos burdos artículos de pacotilla y donde las colas por comprar un número de la lotería son más largas que las colas para compran pan.

Una de las contradicciones de la ideología comunista, es que esa aparente igualdad social que se perseguía, no era tal. Solamente que se invierte el rol social prevaleciente en los sistemas capitalistas; el obrero pasa a tener el estatus social que antes ostentaba el burgués:

“La avenida Stalin es la residencia de 11.000 trabajadores. Hay restoranes, cines, cabarets, teatros, al alcance de todos. Cada uno de ellos es un  despilfarro de cursilería: muebles forrados en peluche violeta, alfombras verdes con bordes dorados y, sobre todo, espejos y mármoles por todos lados, hasta en los servicios sanitarios. Ningún obrero en ninguna parte del mundo y por un precio irrisorio vive mejor que en la avenida Stalin. Pero contra 11.000 privilegiados que allí viven, hay toda una masa amontonada en las buhardillas, que con lo que costaron las estatuas, los mármoles, los peluches y los espejos, habría alcanzado para construir decorosamente la ciudad”.

Refiriéndose a esta avenida dice: “la gran avenida de Hitler, fue la Unter den Linden. La gran avenida de la Berlín Socialista – más grande, más ancha, más pesada y más fea- , es la avenida Stalin”.

El viaje, la travesía de una frontera a otra por estos países, era una burda y tragicómica aventura. En cada chequeo eran atendidos por soldados torpes y aburridos de la rutina de ejercer un excesivo control y eran el reflejo de estados policíacos que veían bajo sospecha a todo Occidental que podía llegar a contaminar la pureza del “nuevo hombre socialista”.

Al avanzar la lectura de esta aventura periodística, uno se pregunta cómo es que intelectuales y artistas de izquierda de este lado del muro (que ya no existe), hayan hecho y siguen haciendo una épica de una utopía embustera. Cómo es posible que hoy en día se siga enarbolando la bandera de la Hoz y el Martillo, y sigan haciendo uso de arte y las aulas universitarias para seguir presentando el marxismo como un futuro y un mundo posible a las nuevas generaciones de jóvenes.

A García Márquez le resultó incomprensible que la ex Alemania Oriental habiéndose tomado el poder, los medios de producción,  las comunicaciones y la banca, fuera el pueblo más triste que él haya visto jamás. Las descripciones de las tragicómicas anécdotas del mundo socialistas rayan con lo kafkiano y surrealista, pero están descritas con esa maestría garciamarquiana que hace de cada acto escritural suyo una buena y mágica literatura, que no por mágica literariamente, terrible y escalofriantemente real.

A medida que leía el libro, iba subrayando aquellos párrafos que por un lado me resultan extraordinariamente literarios, por esa precisión verbal que redime el lenguaje degradado por el uso cotidiano y panfletario; y por otra parte, en constatar el proyecto ideológico más sin sentido que se haya tratado de implantar en el mundo occidental como la alternativa que superaba todas las imperfecciones de las sociedades capitalistas y libres.

Lo que más me dejó con escalofríos no es esa pérdida de libertad y opresión que caracteriza a estados totalitarios, sino la resignación de un pueblo a vivir sin proyecciones en sus vidas y la tristeza con la que tenían que soportar el paso de los días hacia la nada cubiertos de un desgano total por vivir.

Entre las cosas sorprendentes, entre otras tantas, era el caso de la llamada clase de los expropiados. Estos eran ex burgueses acomodados en los tiempos de la Alemania pre-guerra, a los que les confiscaron sus bienes previa indemnización. A éstos les ofrecían puestos de trabajo en sus antiguos negocios, que muy pocos aceptaban y preferían vivir de su indemnización, con la esperanza de que en algún momento no muy lejano el régimen comunista se desplomara. Con la expropiación de las grandes casonas, el régimen creó hoteles, bares, restoranes de lujo para las delegaciones extranjeras y hacer un montaje, algo así como el “barrio de la esperanza o de la utopía comunista”, donde todo costaba un ojo de la cara. Dado lo caro de este lugar, el proletariado no tenía acceso a esos lujos, sólo los expropiados podían frecuentarlos, y de esa manera el gobierno, extasiado, iba recuperando el dinero de las indemnizaciones, hasta convertirlos en nuevos proletarios.

Llama la atención la lógica capitalista con el que el régimen recuperaba el dinero de las indemnizaciones y creaba barrios de lujo para las delegaciones extranjeras y para los expropiados, es decir, para segmentos sociales que pueden gastar su dinero en lujos o algunas delicatesen. Como las indemnizaciones no son hereditarias, los hijos de los expropiados eran unos parásitos que ayudaban a sus padres a gastarse hasta el último centavo que les quedaba, mientras estén vivos. Era la forma más cruel de proletarizarlos. A fin de cuentas, el mismo régimen aceptaba implícitamente que ser proletario es una clase inferior, a pesar de algunos privilegios que les otorgaban a los obreros que trabajaban en las fábricas.

Una de las formas más gráficas que muestra ese mundo estéticamente burdo y triste; y que sólo resulta fascinante y anhelante en los discursos apasionados de sus líderes, en los ensayos y manuscritos elaborados con la elegancia de toda la intelectualidad izquierdista que sigue haciendo una ilusoria remasterización de la utopía marxista, es el primer párrafo con el que García Márquez abre su viaje por Europa del Este cuando están tratando de pasar hacia la Alemania Oriental, en Berlín:

“La cortina de hierro no es una cortina de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de peluquería. Después de haber permanecido tres meses dentro de ella me doy cuenta de que era una falta de sentido común esperar a que la cortina de hierro fuera realmente una cortina de hierro. Pero doce años de propaganda tenaz tienen más fuerza de convicción que todo un sistema filosófico. Veinticuatro horas de propaganda periodística terminan por derrotar el sentido común hasta el extremo de que uno tome las metáforas al pie de la letra”.

Lo que cuesta entender, es el hecho de que García Márquez tuvo oculto este libro y que se editó póstumamente en el 2015. Cuesta entender que su desilusionante experiencia no haya sido suficiente para desarroparse del comunismo y haya sido fiel cómplice de la alicaída y desvencijada revolución cubana y amigo de Fidel hasta la muerte. Cuesta entender, a la luz de su viaje por Europa del Este, que haya mantenido un discurso benevolente y pro – comunismo.

Los países socialistas, vivían una vida sin entusiasmo ni perspectiva. Las fábricas de vestuario, en ausencia de competencia, elaboraban trajes horribles hechos para espantapájaros. Los progresos y adelantos tecnológicos de los soviéticos para mostrar los éxitos del socialismo científico, costaban décadas de soviéticas que deambulaban como zombies tras la cortina de hierro, con vestidos mal cortados y zapatos ordinarios. 

“…un momento después, desplomada en el asiento posterior del automóvil que volaba hacia Berlín, Jacqueline hizo el único comentario que yo consideraba justo en ese instante:

-Pobre gente.”





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