MI VIDA EN EL INBA
La vida es un valle de
luces y de sombras, de risas y de lágrimas
En
5to básico se produjo un punto de inflexión en mi vida. Entonces
tenía tan sólo 11 años. En esos tiempos se otorgaban puestos en el rendimiento
escolar, más otras distinciones de carácter cualitativo. No tenía auto
conciencia de ser un alumno con potencial. Iba a la escuela por inercia social
y cultural: había que ir al colegio. Ese año, inesperadamente obtuve el 2do
lugar del curso, pues no estaba preocupado de mis notas ni con quiénes
competía, aunque sabía quiénes eran los mateos del curso. Entonces mi auto
percepción cambió de manera radical. Mi auto estima mejoró, la reforcé, y desde
ese momento le tomé un amor a mi responsabilidad escolar. Nunca fui con desgano
a la escuela, pero desde 6to básico fui con más entusiasmo y
alegría. Ya nunca más salí del grupo de los buenos alumnos hasta 4to
medio. Recuerdo vívidamente que en 8vo básico decidí que quería
llegar a la Universidad y a una carrera exigente y que me diera bienestar
económico y prestigio social. Se puede decir que fui un “aspiracional”, usando
un término que se hace usual muchos, pero muchos años después de haberme puesto
esa meta personal.
Todo esto sucedía en mi ciudad natal: Tocopilla, donde fui inmensamente feliz entre cerros y los roqueríos donde se estrellaba el océano pacífico con sus olas y que al romper contra las rocas salpicaba una espuma como cuando destapas una cerveza. Los estudios, los deportes y el mataperreo en el barrio fueron mi pequeño universo hasta que tuve que partir al INBA.
Desconocía la existencia del internado Barros Arana. Mi madre tuvo la visión de proponerme venirme al INBA. Me dijo que era considerado el mejor liceo del país y que en el INBA estaba el mejor alumno del país. En efecto, me mostró la revista Ritmo donde le hacían una entrevista a Fernando Callejas, que era el único alumno de Chile que tenía promedio 7,0. Me impactó esa noticia y se me hicieron imágenes de estar situado en ese liceo viviendo mi vida, que es lo que en deporte se llama ‘proyectar’, cuando un jugador comienza a jugar mentalmente el juego que va a enfrentar en unos días más y juega un partido imaginario porque ayuda al rendimiento.
Venía con la expectativa de encontrarme con un liceo de una infraestructura de primer nivel a como correspondería a una capital, donde los provincianos asociamos modernidad y progreso. No fue así. Era un edificio vetusto, muy antiguo y algo rudo en su expresión arquitectónica. Fue como una pequeña desilusión. La primera semana estuve a punto de renunciar y devolverme a Tocopilla. Además, en esos tiempos donde las comunicaciones eran muy precarias, las distancias no sólo eran físicas sino también sicológicas; la sensación de lejanía era muy fuerte. Hoy estamos a un click de distancia con cualquier punto del planeta. Viajar a mi ciudad ocupaba exactamente 24 horas en bus. No pertenecía a la clase social que puede subir a un avión como quien toma un taxi, como hoy que puedes encontrar un pasaje de Santiago a Antofagasta por tan sólo 13 lucas. Así es que solamente podía ir a Tocopilla dos veces al año, para vacaciones de invierno y de verano. Tampoco existía el celular, por lo que tampoco era posible comunicarse por teléfono porque el coste de una llamada era excesivamente cara, razón por la que en el internado no podíamos hacer uso del teléfono en las secciones para llamar a nuestros padres. Así es que las cartas eran el único medio de comunicación con los lugares nuestros que dejamos atrás. Todo esto jugaba en contra para adaptarme al INBA.
Pero después de la primera semana, literalmente, me enamoré del INBA. Sí, bien digo, me enamoré.
El primer día de clase, al saber que era un colegio de excelencia, a todos mis compañeros los encontraba mateos, les veía cara de mateos. Me asusté un poco. Estaba en un medio estudiantil con más densidad intelectual. Pero al término del primer semestre, sin nunca estar pendiente de las notas de mis demás compañeros, obtuve el 2do puesto. Volví a sentir esa sensación y confirmación de aquel remoto 5to básico en la escuela 7 de Tocopilla. Fui el primer promedio del curso al cabo de los 4 años de enseñanza media, ni más ni menos en el Internado Nacional Barros Arana. Se sumaba a ésto, que también era deportista. Era seleccionado del equipo de básquetbol y egresé como el mejor deportista. Como señalé en otro artículo donde cuento mi arribo a la poesía, el colegio fue muy injusto conmigo al no darme premios académicos que merecía porque me situó nada más que en el deporte, cuando aporté con mi responsabilidad y rendimiento a mantener el prestigio académico que tenía el INBA de aquellos años. Es una espinita que llevo, pero también sin mayor significancia ni ha intercedido en mi mundo ni en mi plenitud y felicidad.
El uniforme diario eran zapatos negros, pantalón gris y calcetines grises, una camisa blanca o un beatles azul y una cotona blanca como de los farmacéuticos o médicos. Nos veíamos muy bien aspectados; teníamos cierto aire doctoral, lo que nos hacía sentirnos bien.
La levantada era a las 6:45 a.m. Teníamos 15 minutos para ducharnos y lavarnos los dientes. Bajábamos a la primera hora de estudio a las 7:05. Antes de ingresar a la sala de clases, se formaban dos filas, donde se nos revisaba que nuestra vestimenta estuviera impecable y los zapatos lustrados. Se nos revisaba el largo del pelo y los oídos y uñas. Luego el inspector hacía pasar primero a la fila que estaba mejor formada. En la sala no nos sentábamos hasta que el inspector decía:
-Buenos
días alumnos!
-Buenos
días señor!
-Tomen
asiento!
-Gracias
señor!.
Procedíamos a abrir nuestros pupitres, que eran bancos con sillas acoplados, con una cajonera donde guardábamos bajo llave nuestros útiles escolares.
En el INBA de mi tiempo, cada vez que ingresaba a la sala una autoridad, profesor, Jefe de Sección o inspector, automáticamente nos poníamos de pie. La persona que ingresaba, saludaba y procedíamos a sentarnos cuando el visitante fugaz, nos decía – tomen asiento, y respondíamos con el hábito de decir -gracias señor!.
A las 8:00 se terminaba la hora de estudio matinal, antes de ir a los comedores a desayunar. Para entrar a los comedores, también se formaban dos filas y el inspector hacía pasar a la fila que estaba, según él, mejor formada. Los mesones era unas cubiertas de roble de color blanco con capacidad para 14 alumnos. De cabecera de mesa hacía los que eran nominados jefes de mesa. Estos jefes de mesas eran alumnos de cursos superiores, de 3ero y 4to medio, por lo que esa distancia física y en edad, hacía que se les guarde respeto. Desde la cocina, llegaban en unos carritos los panes y el chocolate o té con leche. Se nos daba un potecito de melamina o con un trocito de mantequilla o mermelada. La función del jefe de mesa era recibir desde el economato el desayuno y poner las tazas en los lugares. Generalmente los jefes de mesa elegían, por empatía, a un colaborador, al que sentaba durante todo el año a su derecha, quien le ayudaba a servir las tazas e ir pasándolas. Los panes y la mantequilla ya estaban repartidas o creo que también ayudaba a repartirlas el ayudante. El jefe de mesa estaba autorizado a pasar un parte para quienes no se comportaran como corresponde en la mesa. La ceremonia era de real camaradería. Conversábamos y echábamos la talla de vez en cuando. Nada acartonados. Todo de manera muy afable, hogareña si que quiere decir. Los inspectores, se paseaban un rato por el comedor, también vigilando que todo esté en orden. En cada comedor, eran asignados alumnos de 4to medio como comisionados de comedor. La labor de los comisionados era gestionar que todo se reciba conforme desde el economato, vigilar también que todo se desarrolle de manera disciplinada, amable. También estaban autorizados para pasar un parte. En ellos cabía la responsabilidad de tomar decisiones sobre raciones que sobraron por algún alumno o alumnos ausentes. Generalmente los comisionados se dejaban las raciones para ellos cuando sobraban unas pocas y si sobraba más, la repartían entre los alumnos de acuerdo a algún criterio de simpatía. Por esta razón, los comisionados eran más conocidos como los “buitres”. Yo fui comisionado en 4to medio, pero rompí la norma de ser buitre. Siempre preferí repartirla entre los alumnos, hecho que hasta hoy cuando me encuentro con alumnos de esa época me recuerdan este hecho como algo que fue ejemplo para ellos.
Los inspectores era universitarios, muchos ex–alumnos, que oficiaban de inspectores a cambio de que el internado les ofrecía una pensión. La responsabilidad de los inspectores era hacer las levantadas y las acostadas, controlar los estudios y apoyar la actividad de los comedores, un rato. Dentro del comedor la gestión estaba a cargo de los comisionados, pues los inspectores tenían que ir a su propio comedor a desayunar, antes de partir a la Universidad. Así ellos no tenían ninguna función durante el día, excepto una mañana o una tarde, según se organizaban con el jefe de sección, que era un ex – profesor, adulto, con mucha autoridad, que gestionaba el funcionamiento de cada sección. Las secciones eran los niveles de curso. Cada nivel tenía su propio patio, separados unos de otros. El patio de los 8vos (había sólo dos cursos de 8vo) y primeros medios (había de la A hasta la F), era el patio amarillo. El patio verde era de los segundos medios. Los patios de 3ero y 4to medio, estaba también separados, pero estaban en otra ala, alejada de los de patios verde y amarillo, digamos alejados. Los separaba el patio de las palmeras, los pabellones de física y química, la sala de cine y los comedores de los profesores e inspectores.
Terminado el desayuno, entrábamos a clases a las 8:30, hasta las 1 p.m., que ingresábamos a almorzar. La idea era almorzar rápido, no más de 15 minutos, para aprovechar el recreo largo y hacer libremente lo que cada cual quisiera. En general se distribuía ese tiempo entre hacer deportes o estudiar o conversar entre los compañeros. En general, se hacía deporte o se iba a la piscina o se estudiaba en ese recreo, sobre todo para épocas de exámenes. Se iba a la biblioteca o se estudiaba en la sala o buscando un lugar dónde posarse a estudiar. Generalmente se ocupaba el patio de las palmeras para buscar un lugar o caminar con el cuaderno en la mano repasando alguna lección. Era costumbre ver a los más mateos pasearse muy concentrados, cuaderno en manos, repasando lecciones. También se usaba la propia sala para estudiar en los recreos largos.
Como señalaba, los inspectores, dentro de sus responsabilidades de controlar las levantadas, acostadas y los dos estudios, una vez a la semana tenían que hacer patio, ya sea una mañana o una tarde. Era un inspector el que tenía que hacer patio en su sección, vigilando que en los recreos se mantuviera todo en orden, apoyar cualquier labor de oficina del Jefe de Sección, y cuando se producían ventanas en nuestro horario (módulo sin clases), debíamos permanecer en la sala estudiando cuyo inspector vigilaba que no nos salgamos de la sala. No obstante, se hacía la vista gorda, a veces, y nos escapábamos hacia el sector de la cancha de fútbol y gimnasio de básquetbol o a los alrededores del pabellón atelier, a conversar y fumar, para los que fumaban. Todo a escondidas. Yo no fumaba ni fumo. Si se sorprendía a alguien fumando, recibía un parte. El beneficio del inspector era que tenía su pieza en los dormitorios y tenía desayuno, almuerzo, onces y comida, de lunes a sábado. Era una función ad-honorem o más bien un trueque; el INBA era su pensión. Los inspectores a todo evento, estaban autorizados a pasar un parte, aunque no estuvieran de turno de patio. Por eso, cuando un inspector viniendo de afuera, caminando por el internado, había que saludarlo al pasar y podía llamarnos la atención en cualquier momento.
El módulo de la tarde eran tres. Entrábamos a clases a las 2:30 p.m. Después de los dos módulos, se iba a las 4 p.m. a tomar onces. En las onces nos daban el chocolate. Y después entrábamos al último módulo que finalizaba a las 5:15 p.m., donde otra vez teníamos libertad para hacer lo que quisiéramos. A las 7 p.m. ingresábamos a cenar y después de la cena, entrábamos al estudio más largo: de 7:30 hasta las 8:45 p.m., y de ahí subir a los dormitorios a acostarse. La luz se apagaba a las 9 p.m. y el inspector hacía su ronda para vigilar que nos durmiésemos. Se entraba a su pieza, generalmente a estudiar, porque como dije, eran universitarios, y muchos ex-alumnos. La mayoría de los inspectores eran alumnos de medicina, ingeniería, odontología, ingeniería comercial, leyes y arquitectura. Sólo uno de ciencias políticas y sociología, recuerdo. Así es que ellos, aparte del gran respeto, tenían un prestigio intelectual inmenso en nosotros. Eran también un modelo a seguir, considerando que varios de ellos eran inbanos, y habían ingresado a buenas carreras en las únicas universidades de aquel entones en la capital: la U. de Chile, la PUC y la UTE.
Era costumbre consuetudinaria que algunos alumnos nos hacíamos amigo de uno de los dos inspectores de dormitorio y después de la apagada de luz, íbamos a su pieza a estudiar. Ese era el sentido, no otro, no conversar. Lo mínimo. Y claro podíamos tomar un cafecito y nos convidaban pan con mantequilla y mortadela. En 3ro medio me hice amigo del inspector Parada que estudiaba ingeniería en la UTE, hoy USACH. Era muy clever y ordenado. Yo me sentaba en el piso con mi álgebra de Baldor para ya prepararme para la PAA. Problemas que se me iban en collera, él me los explicaba muy bien. Tenía una ordenada y buena letra. Recuerdo con mucho cariño al inspector Parada. Fue muy afable conmigo. No sé qué es de él. Me gustaría ubicarlo porque estoy agradecido de su ayuda. Me sentí acogido. Era de pocas palabras y humilde, pero tesonero en estudiar. Mientras yo resolvía los míos, el resolvía los difíciles problemas de cálculo de un estudiante de ingeniería. En 2do medio mi inspector era mi amigo compañero de la selección de básquetbol, que es como mi hermano mayor. Rodrigo mide como 1,85 metros o algo más y es robusto, por lo que me inspiraba el respeto de hermano mayor, además de ser de un alma noble. Ambos fuimos hijos putativo del bibliotecario, el Chico Godoy. Rodrigo vive al interior de Vicuña y de repente hablamos por teléfono y tengo una visita pendiente. La última vez que nos vimos fue en septiembre del 2019, acá en Santiago en un almuerzo con sus ex compañeros del INBA, que amablemente me acogieron en la mesa.
En el internado había un casino, una peluquería de esas típicas antiguas como la Peluquería Francesa, una librería de artículos escolares (que habría una vez a la semana), enfermería con camas para enfermos y atención odontológica. También había una lavandería, que por asuntos de costos dejó de funcionar el año 1973 o 1974. Todos teníamos un número de matrícula con el que debíamos marcar toda nuestra ropa. Mi número era el 459. Este número lo he encontrado muchas veces en mi vida, en direcciones, folios, etc., lo que me es indicador de buena suerte y me recuerda mi vida en el INBA.
El año 1971 hubo un terremoto en Santiago, por lo que se estropeó el cine. Razón por la cual los días miércoles, día que sólo había clases durante la mañana, la tarde se ocupaba en dar dos funciones de cine. En el primer módulo, antes de la hora de onces, asistían los primeros niveles, y después de onces, 3ero y 4to medio. Pero como el cine no se podía usar, entonces, nos daban salida después de almuerzo con recogida a las 8 p.m. Por inercia, me iba a la casa de mi tío Omar, hermano de mi padre, que era mi apoderado, en la Población Chile, cuya libre que me dejaba en la esquina de la casa, era la liebre Yarur-Sumar, que tenía que tomarla en la esquina de San Antonio con Alameda. Yo tomaba el trolebús en Matucana, que se iba por Compañía hacia Providencia y empalmaba en San Antonio. Pero también existía la posibilidad de no salir y anotarse para quedarse en el internado durante la tarde, para organizar las raciones de onces y cena. Al tiempo, con unos compañeros descubrimos que era mejor quedare que darse la lata de ir a la casa de los apoderados, donde yo me aburría soberamente con unos primos chicos que no empatizaba mucho.
Así es que los miércoles cuando decidí no ir a casa de mis tíos, se pasaba la tarde muy piola porque nos quedábamos muy pocos por sección y así teníamos la tarde para conversar, hacer deporte y estudiar. La hora de once y cena, eran más extendidas y hacíamos sobremesa de una hora, lo que era muy sociable y grato, con un silencio muy grato en los comedores. Las recuerdo como horas muy gratas y placenteras esos miércoles por la tarde. Pero esto duró hasta el año 74, porque se restauró el cine, así es que ya no hubo salidas, pero estuvo el disfrute de ir después de almuerzo a ver una película, y después de onces teníamos libre hasta las 7 p.m., hora de la cena.
Una de las imágenes, entre otras con las que voy recordando mientras aún viajo en el tranvía de la vida, es cuando ya llegó el otoño y a la hora de estudio estaba todo oscuro, excepto los pasillos y las salas iluminadas, todos estudiando. Cuando pedía permiso para ir al baño, me gustaba ver las salas iluminadas y todos ordenada y silentemente estudiosas. Me producía un agrado respirar ese ambiente de estudio, de estar luchando por nuestras metas personales. El alumno que no hacía sus tareas o no estudiaba, podía recibir un parte. Así es que estudiabas sí o sí. Yo aprovechaba al máximo las horas de estudio. Para periodos de exámenes le pedíamos permiso al inspector de turno para levantarnos temprano y bajar a estudiar. En todos los cursos, los más matemos, en general, éramos los que bajábamos a estudiar. Éramos un lote como de 10 que bajábamos a las 5:30 a.m. o 6 a.m. a estudiar antes del estudio oficial que comenzaba a las 7 a.m., como dije.
Los partes eran de tres grados. El parte de grado 1, era quedarse el viernes, después de almuerzo, 1 hora estudiando. El parte de grado 2, eran dos horas de estudio, y el parte de grado 3 (falta grave), eran dos horas de estudio más presentarse el lunes con su apoderado. Reiteradas faltas de grado 3 ameritaban la expulsión del colegio. Yo recibí solamente dos partes de grado 3 en los 4 años. Una en 1ero medio y otra en 3ero medio. Ambas por agarrarme a combos y en ambas gané, pues en mi adolescencia en Tocopilla había sido boxeador. Me subí al ring y soñé en algún momento ser boxeador, porque en mi ciudad teníamos dos campeones de Chile y un vicecampeón que por años repletaron el Estadio O´Higgins, estadio donde inicié mi carrera de basquetbolista a mis 12 años en la categoría minibásquetbol, siendo seleccionado de Tocopilla. El boxeador exitoso me creaba la imagen del gladiador y del héroe.
Los comedores de los profesores e inspectores eran muy señoriales y republicanos. Sobre todo el de profesores. Era estilo Club de La Unión, con chimenea, con espejos, mesas de roble o raulí con mantel blanco, paragüeros y cuelga abrigos de madera antiguos, con piso de parquet ajedrezado. Los auxiliares encargados de atender a los profesores se vestían como garzones, con pantalones negros, cotona blanca o caqui, camisa blanca y una humita negra. El de inspectores estaba en un segundo piso, contiguo al de profesores. Era un salón todo de madera, con dos mesones largos con capacidad para unos 16 comensales. Se podían ver las vigas de madera que eran la estructura del techo. Todo muy señorial y cálido.
Era costumbre en el INBA que algunos alumnos de 4to medio podían ser inspectores-alumnos. Se les daba la responsabilidad de inspector de cursos de 1ero medio, excepto el turno de patio, a cambio de tener una pieza y vivir en el internado. Había que tener méritos académicos y además capacidad de manejo de grupo. En 4to medio, fui inspector-alumno. La desventaja, era que ya no pude compartir con mis compañeros las comidas, pero sí ya ingresé al comedor de inspectores, todo un privilegio. Después de egresado seguí como inspector. Pero el año 1977 decidí irme por una desavenencia con mi reasignación como inspector del dormitorio de los talentos deportivos, que se iniciaba ese año. Mi estúpido y torpe orgullo, que me ha jugado a favor y en contra muchas veces, me ha recordado cuán estúpido fue no aceptar e irme del INBA. Ha sido una de mis malas decisiones en mi vida.
También había una emisora, la emisora INBA, ubicada en el patio amarillo, pero con parlantes en todos los patios. Se tocaba música de la época, como se hacían todos los anuncios de los convulsionados paros de los tiempos de la UP. Estoy hablando de los años 72 y 73.
Al respecto me sucedió lo siguiente el año 1972, año en que llegué al INBA.
Para las vacaciones de invierno fui con mi amigo Oscar López, amigo de barrio, a sacar pasajes al terminal norte que estaba ubicado al costado de la ex–cárcel de Santiago, que estaba ubicada al frente del edificio de la PDI. Hoy es un edificio público y donde estaba el terminal norte, creo está el edificio de Aguas Andinas. El día miércoles después de almuerzo, puesto que había salida porque no había cine en el INBA ese año, fuimos por los pasajes para ir a Tocopilla. Después de haber comprado el boleto caminamos en dirección al centro con otro amigo de barrio que estaba en 2do medio, el Goyo Balbuena, hijo del gran Cholo Balbuena que jugó en el equipo de fútbol de la Universidad de Chile, y que retirado éste del fútbol profesional llegó a trabajar a la Chilex Exploration Company, la termoeléctrica filial del mineral de Chuquicamata. Los Balbuena llegaron con sus 5 hijos muy niños, por lo que se hicieron tocopillanos de tomo y lomo los Balbuena.
Pues bien, separados en Plaza de Armas, yo seguí con Goyo, y Oscar tomó otra calle para ir a casa de su tía. En los disturbios políticos, que nos eran algo ajenos por estar internados, comenzaban a ponerse a la orden del día en ese año. Me era muy extraño encontrarme con ese desorden callejero, y con apenas mis 13 años, me sentía algo inseguro viendo conatos entre bandos opuestos y los carabineros tratando de poner orden apresando estudiantes del bando que sea. En una de esas tenemos que arrancar y al ir hacia Agustinas con Estado, sale una columna de carabineros que nos cierran la calle, así es que tuvimos que retrocederé hacia Ahumada y arrancar para no ser apresados. Con Goyo nos metimos al Dominó, que está casi en la esquina de Agustinas con Ahumada (muy posteriormente, muchos años después, por los años 90 el Dominó abre la sucursal que hoy está al lado del Café Haití y después abre sucursales o franquicias). Bueno, ahí nos refugiamos. Goyo sale y arranca por otra puerta al fondo que tiene esa sucursal, y yo, inocentemente, me quedo al lado del cajero pensando que los carabineros no iban a ingresar al local. Error. Entró un carabinero por Goyo, pasó hacia atrás. No lo encontró. Pero a la vuelta me vio y me agarró. Mientras me llevaba del brazo, asustado, le dije que era alumno del INBA y que había ido a comprar pasajes para irme a Tocopilla y que estaba atravesando el centro hacia San Antonio para tomar mi libre hacia la Población Chile. Titubeó, me quiso dejar ir, pero no. Me subió al bus. Estaba angustiado. No sabía qué significaba estar preso por lo que sucedía en la calle. Nos llevaron a la comisaría que está ubicada en Santo Domingo con Mac-Iver. Ahí nos metieron en un gimnasio donde llegaban y llegaban estudiantes detenidos, que claramente eran militantes o activistas de los enfrentamientos callejeros entre ambos bandos. Para hacer control de domicilio, cada una hora, nos volvían a preguntar el nombre y la dirección, un carabinero que apenas sabía modular el castellano. Como ese año fue la histórica disputa del torneo mundial de ajedrez entre Boris Spassky, el soviético, y Bobby Fischer el americano genio, cada vez que me nombraba el rústico carabinero, que era un señor gordito, bajo de unos 50 años, decía: Boris Fischer, en lugar de decir: Boris Hiche, por lo que reunía el nombre del campeón y el apellido del retador, que le arrebataría el título a mi tocayo y acabaría con la supremacía soviética de campeones mundiales. Así, por la torpe dicción de mi segundo apellido, todos los detenidos me atribuían condiciones eximias al ajedrez. Con el tiempo desarrollé el ajedrez. Soy aficionado. Domino teoría y juego decentemente. Pero disto mucho de ser un ajedrecista notable. De vez en cuando tomo el tablero y estudio. Tengo una biblioteca de como 50 libros de ajedrez.
Al rato de estar detenido, y ponerme en la cola para dar el nombre, quien está delante de mí, era mi amigo Oscar, con quien nos habíamos separado en la Plaza de Armas. En el enredo callejero, también fue detenido, por los que nos sirvió de compañía. Nos largaron a las 10 de la noche con citación al juzgado de menores. Al salir, nos despedimos nuevamente, y los disturbios estudiantiles continuaban. Tuve miedo de volver a ser detenido. No sé cómo llegué a San Antonio con Alameda y logré tomar la liebre que me llevaría a casa de tío Omar. Sentado en la liebre, porque eran unas liebres muy pequeñas, con techo bajo, por lo que no se admitían pasajeros de pie, me sentí sano y salvo. Por estas liebres muy pequeñas y escurridizas (por eso se les llamaba ‘liebres’), el pasaje era más caro, y por lo mismo, en su pequeñez, podían escabullir mejor el trafalgar del tráfico capitalino. Con los años, me percaté que bien podía haberme ido caminado por calle Santo Domingo hasta el internado, pues el INBA está en la misma calle Santo Domingo, a un costado de la Quinta Normal, y detrás de la catedral Lourdes. Cuando estaba en 2do medio, estaba en el dormitorio 9, que quedaba en el tercer piso dando hacia la catedral. Desde mi cama, podía ver la cruz de tubos fluorescente que está en la cúspide de ésta. Como en ese tiempo era cristiano devoto, esa cruz me acompañó en mis rezos todas las noches del año 1972 en el INBA. El año 1974, en una noche de la covacha del dormitorio, dejé de rezar todas las noches. La fe se me había diluido porque perdí el contacto con la iglesia, con mi iglesia.
El año 1973 se agudizó la vida ciudadana y política. Había paros estudiantiles frecuentemente. La radio INBA ponía una canción característica que era anuncio de algún suceso político o paro. Cuando comenzaba esta música, como que se detenía todo, literalmente sí. Todos nos quedábamos quietos como el juego 1,2, 3 quietos, para escuchar el anuncio, que generalmente era paro. Esa imagen la recuerdo porque era igual cuando se congela una imagen de una película. Nuestra vida cotidiana estaba pauseada por el control remoto de una vida política hiperpolarizada. Yo venía de una familia de alessandristas. La política me interesaba muy poco y a veces intercambiaba posiciones, muy inocentes y pedestres con un compañero de izquierda, el Rodrigo Padilla, que se recibió de abogado en la Universidad de Chile. Al llegar el Golpe, sentí un alivio. Mi vida podía continuar tranquila hacia mis metas fijadas en aquel remoto año 1971 cursando 8vo básico en la escuela 7 de Tocopilla. En la universidad me hice comunista.
En los patios de 1ero, 2do y 3ero medio, había salas de televisión con butacas de cine, de madera. Esa fue otra sorpresa al llegar al INBA. Así es como el año 72, después de las clases de las 5:15 p.m., estas se llenaban y veíamos al Chapulín Colorado y Música Libre. Muchos nos enamoramos y soñamos con esas muchachas hermosas, muy cuicas. La María Isabel, la Aracelly y la Pequeña Langosta eran mis preferidas. Pero de las tres, la Pequeña Langosta era mi amor platónico. Era tierna, cándida en su belleza. Vestía una minifalda negra y una medias de lanas un poco más arriba de las rodillas que le daban un toque sensual y sibarítico, y llevaba una blusa blanca, con un pelo negro liso y largo que le llegaba hasta la cintura y que cuando saltaba se le alborotaba como lianas. Era bella o la recuerdo bella. Sí, era bella, no lo dudo. Tengo la imagen de su lindo rostro. No solía concurrir todos los días a la sala de televisión, porque hacíamos pichangas de básquetbol en el patio amarillo donde había y aún hay tres canchas con cestos entre medio de cada cancha. Así es que en los recreos largos era un enjambre de alumnos de todos los niveles jugando básquetbol. Cuando ingresé rápidamente a la selección del INBA, ya no más pichangas ni sala de televisión. Después de las clases: derechito al gimnasio a entrenar, con partidos los miércoles ahí, en otro colegio o en el gimnasio Nataniel, que hoy ya no existe. Quedaba precisamente en la calle Nataniel, a dos cuadras de la Alameda. Hoy hay un edificio de como17 pisos. Por años fue la catedral del básquetbol chileno. Ahí desarrollé mi exitosa carrera.
Los alumnos de 4to medio tenían ciertos privilegios por ser su último año en el colegio. Estos tenían un comedor exclusivo, el patio también era de uso exclusivo y ningún alumno podía ingresar a éste. De ser sorprendido un alumno de cursos inferiores en el patio de ellos, se iba de manteo. También podían fumar, pero sólo en su patio y tenían una mesa de pool de uso exclusivo. Era la forma de despedirlos.
Cuando iba a la lavandería a buscar mi ropa, me quedaba conversando con el señor que administraba ésta. Era un señor canoso, de lentes y muy paternal y amable. Me recuerda algunos de los personajes que incrusta García Márquez en su Macondo. Me gustaba el silencio tan peculiar de la lavandería. Uno tenía que ir a su buscar su ropa que estaban en una cajoneras abiertas con el número de matrícula para ubicar la ropa. Eran pasillos de cajoneras como la de los escaparates de libros. El olor a ropa limpia y planchada era delicado, fragante, silente, calmo. Me gustaba conversar un rato con el señor que olvidé su nombre, pero recuerdo muy bien su rostro y su voz, que me tomó mucho cariño y lo veía como un buen abuelito y me iba con mi saco de lona azul con la ropa. Eran eso sacos azul marino típico que se les ve a los marinos americanos en algunas películas de los años 50 o 60 cuando salen de franco hacia sus casas.
Como cuento en mi artículo sobre la Poesía y Yo, en este blog, cuando en 1ero medio hube de ir a buscar un libro para lectura encomendada en clases de castellanos, me llevé el golpe de impresión de ver una biblioteca tan adusta y llena de estanterías gigantes repletas de libros y enciclopedias. Fue un grato y sorpresivamente avasallante encuentro. Se produjo una suerte de imantación entre los libros y yo. Desde ese día ya los libros no me fueron indiferentes y me hice ratón de biblioteca, y el bibliotecario, el Chico Godoy, profesor de castellano, se convertiría en mi padre putativo hasta su trágica y misteriosa muerte como a mediados de los 90. Nunca me despegué de él. Escribí mi memoria de titulación en la modesta cocina de su casa. Su casa estaba ubicada en calle Arica 3535, que curiosamente tenía el mismo número del internado. Geográficamente estaban como en la misma línea del trazado urbano. Hace dos meses atrás viniendo de Maipú con mi ahijado, a quien apadriné para que entrara a estudiar al INBA, el Pipe, a quien adopté también como hijo putativo, lo llevé de sorpresa a conocer la casa de don Oscar, pasar por fuera. Ya no existía. El estado expropió varias cuadras porque ampliaron el camino y ahora es una avenida ancha que comunica más expeditamente avenida Matta o Blanco Encalada con el sector trasero de estación central con General Velásquez.
El internado era un comunidad muy estrecha y confraterna entre profesores, alumnos, inspectores, personal administrativo y los auxiliares de servicio. Estaban las necesarias distancias jerárquicas y de roles, pero a su vez una cercanía afectiva entre todos haciendo comunidad inbana. Todos se sentían identificados con el pasado ilustre y presente de aquel tiempo tanto en lo académico como en lo deportivo. En mi tiempo, el básquetbol era el deporte del INBA. En el mundial de básquetbol que se desarrolló en la explanada de cemento que hay a la entrada de las boleterías del estadio Nacional, se improvisaron canchas de básquetbol. De la selección titular, 4 eran alumnos del INBA. Como alumno y basquetbolista destacado, viví en la comunidad inbana el respeto y prestigio por ambas cualidades, pero fui rockstar y admirado por todos como basquetbolista. Sentí y viví mis 4 años de fama, lo que es muy agradable, cuando una comunidad reconoce y admira algo que haces. Ese año se hizo el campeonato metropolitano escolar organizado por el Diario Las Últimas Noticias, y salimos campeones en el gimnasio Nataniel, que fue mi último año como basquetbolista. Siempre tuve claro que al egresar de 4to medio dejaría el básquetbol por los estudios universitarios. A veces pienso que fui demasiado drástico con esa decisión y abandonar a los 18 años recién cumplidos lo que fue mi pasión desde mis 12 años, porque antes de los 12 años jugué fútbol y béisbol en mi Tocopilla. Ya en el INBA se estaba gestando el Boris o Tomislav interesado por el mundo de las ideas. En la universidad se desplegó ese Boris larvado por el mundo intelectual. Vino la militancia política en el Juventudes Comunistas, de la que desertaría definitivamente del marxismos alrededor de año 2017.
Fui inmensamente feliz en el INBA. Era una vida monacal, republicana, de gran compañerismo y espíritu de superación, en un ambiente estimulante al estudio, la disciplina bien entendida y la responsabilidad personal y ciudadana. En el patio amarillo, todos los lunes, antes de entrar a clases se hacía un acto cívico breve de todo el alumnado y se cantaba el himno del INBA, antes de entrar clases. Unas de las estrofas de himno dice: “buenos hijos seremos primero/ciudadanos conscientes después”.
A fines de los 80, comienza la debacle del internado. Se municipaliza la educación pública y el INBA pasa a depender de la Municipalidad de Santiago, lo que para esta fue una gran carga monetaria. Además, el Alcalde de la época Raúl Alcaíno, y los sucesores, desconocían el pasado ilustre y la relevancia que tuvo el internado para acoger a los mejores alumnos de provincias del país. Todo el que llegaba al INBA, traía sus pergaminos académicos, lo que fue la base de su excelencia y de crear un ambiente muy pro-estudio y superación.
El INBA fue cooptado o raptado con el correr del tiempo por profesores ideologizados, por alumnos capitalinos sin la excelencia académica que el INBA poseyó desde su fundación en 1905 como alternativa del Instituto Nacional. El INBA nace del IN, porque los alumnos de provincia que querían venir a éste, por ser el mejor colegio de Chile. Pero al no tener dónde alojarse la mayoría de los postulantes, se creó el INBA. De este modo el INBA creó ese prestigio rutilante, porque los mejores alumno del país que querían venir al IN, encontraron en el INBA su casa de estudio, su hogar y eso creó por décadas un prestigio que era insuperable. Cuenta le leyenda que cuando se rendía el bachillerato para ingresar a las universidades, y que comprendía una entrevista y/o examen oral, se preguntaba de qué liceo procedía el aspirante. Cuando decían del Barrios Arana, lo hacían pasar automáticamente.
El INBA dejó de se internado como a fines de los años 90, y ahora hay un proyecto de tener una población de su estudiantado en régimen interno. Pero está convertido en un liceo Okupa, raptado y manejado por la izquierda marxista. Profesores, alumnos y padres politizados que se cuelgan de ese pasado ilustre del que no tuvieron la capacidad de preservarlo y que sólo lo utilizan políticamente al hablar de un colegio “emblemático” que ya no lo es, para sacar ciertos provechos políticos o de otra índole. El INBA es una pura cáscara, una cosa huera, con el respeto de las siempre honrosas excepciones de alumnos que siempre destacan donde sea y que ayudan a mantener como un recuerdo ese pasado rutilante del INBA.
En enero de este año, concurrí al INBA para donar tres ejemplares de mi libro. La biblioteca estaba cerrada por vacaciones. El portero, que en primera instancia desconozco, a los segundo ubico que era el Guaycamán. Me saco la mascarilla y le digo: ¿quién soy?. No, no daba. Claro, muchos años. Una semicalvicie, canoso, el rostro de hombre adulto. No veía a Guaycamán tal vez de cuando concurrí al almuerzo de ex alumnos el año 2002. Entonces, la única manera de que me ubicara, le dije: ¿quién es el basquetbolista más brillante recuerdas que pasó por el INBA a principios de los 70?. Automáticamente me dijo: Boris Hiche. Fue muy gratificante su respuesta. A esta edad en que uno ya comienza a ser olvido, algo así como Gregorios Samsas, son reconfortante estos reconocimientos o saber cómo lo recuerdan a uno y que dejó una huella. Guaycamán jubila este año. Es el único sobreviviente de esos años hermosos del INBA. Nos sacamos una selfie con Guaycamán. Acá la tengo y conservaré en mis álbumes.
Ya no existe el almacén de la tía en la esquina de Matucana con Santo Domingo. Era la misma tía que en el primer recreo de la mañana llegaba a abrir el casino con eso pasteles de mil hojas con manjar bañados en chocolate. Ahora hay una bencinera. Ya no está el gimnasio Nataniel. Ya no existen los trolebuses. Ya no existe el terminal de buses norte en ese lugar ni la empresa Turis Norte de Tocopilla. Ya no está la casa de don Oscar. Ya no hay muchas cosas. En algún momento ya no estaré. Este relato es una forma de estar o permanecer. Quién sabe.
En mi hogar siempre hablaba de Tocopilla y del INBA. Todo el que pasaba por nuestras mesa, se llevaba de un modo u otro, mi vida en Tocopilla y el INBA, de lo cual tenía curtido a mi esposa Verena y mis hijos, que siempre me hacían tallas por esa recurrencia en recordar mi ciudad y mi colegio. Hoy ya Verena no está, pero me acompaña desde el cielo. Ella conoce al dedillo mis historias. Nuestros hijos repartidos por el mundo. Como dicen unos versos de Heberto Padilla, uno de mis poetas favoritos dice en unos versos: “los que se alejan siempre son los niños/sus dedos aferrados a las grandes maletas/donde las madres guardan los sueños y el horror/en los andenes y en los aeropuertos/lo observan todos/como si dijeran: ¿Adónde iremos hoy?”.
Mi grado académico que obtuve fue el de Licenciado en Matemáticas Puras en la PUC, y mi ahijado Pipe, un super talentoso de las matemáticas, al que apadriné cuando lo ingresé al INBA y venía a nuestro departamento para que le enseñara matemáticas, ingresó a estudiar lo mismo el año 2021 en la PUC. También a Pipe le mostré la poesía y es un militante de ésta y también un bibliófilo empedernido.
Y por esas cosas de la vida, la vida me hizo, también, poeta.
Mi casa esquina Block 14 casa 6, Tocopilla
Patio amarillo, INBA
Último día de clases, 1975
(con mi gran amigo Oscar López)



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